domingo, 18 de mayo de 2008

Este hotel es una ruina


La ruina no se restaura ni se rehabilita, simplemente se limpia y adapta para hacerla habitable. Tal enunciado empieza ya a estudiarse en las escuelas de arquitectura como un nuevo paso en la materialización de los espacios sensoriales, más acordes con la nueva forma de pensar, actuar y relacionarse de la humanidad en el siglo XXI. Lo cual puede muy bien servir de piedra filosofal en las intervenciones arquitectónicas que se acometen sobre edificios históricos para su reconversión en hoteles. O en paradores de turismo, si hemos de reconocer los méritos de una cadena pionera en esta disciplina. Para qué reinterpretar una época que ya no volverá. Por qué reproducir un modelo caduco y fuera de su contexto geográfico. A santo de qué el pastiche o la melancolía pretérita en la hotelería del futuro.

 

La arquitectura con mayúsculas, que es la arquitectura de los sentidos, es el arte de lo auténtico. Un edificio arruinado no puede ser falseado con una reconstrucción historicista a menudo sin rigor técnico y casi siempre sin inspiración ideológica. Como nosotros mismos, la ruina se significa en sí misma como el decurso del tiempo que hace estragos en nuestro cuerpo, pero nos mejora cada día. Como la vida misma, evoluciona para no morirse. Decae y se extingue para que la belleza pueda renovarse un poco cada día. Esas piedras gastadas, ese acero oxidado, la rugosidad del tiempo en sus paredes... La decadencia es bella porque significa que la obra está viva.

 

Decididamente, hacerse construir un hotel del siglo XVIII en la actualidad es pura catetería.

 

Así lo analizamos los participantes en el décimo encuentro de hoteleros y expertos conexos a la actividad turística que nos reunimos el pasado 12 de mayo en La Ruina Habitada, en el norte de Palencia. Una nueva edición de las Jornadas de Arquitectura Hotelera que, con el fin de anticipar tendencias y analizar los comportamientos del turismo y su influencia sobre el diseño de hoteles, discurrió casi de sol a sol con la organización logística del Convento de Mave en el escenario diseñado por el arquitecto Jesús Castillo Oli. El autor de La Ruina Habitada y director de los programas de recuperación patrimonial de la Fundación del Románico tomó asiento a partir del mediodía después de su viaje relámpago a Madrid, donde afronta el diseño y puesta en marcha de un importante establecimiento hotelero junto al Retiro, convocado por el Ayuntamiento de la capital precisamente para elucidar el programa de intervención arquitectónica de los sentidos en un edificio protegido por su valor histórico y patrimonial.

 

Tras la consuetudinaria visita de La Ruina Habitada se abrió el debate con la adjetivación de generosidad en la configuración espacial del edificio puesta de manifiesto por las hermanas Irene y Cristina Aguilar, propietarias del hotel Valdepalacios, en la provincia de Toledo. La sobredecoración de este hotel y la exaltación gastronómica de su cocina, dirigida por el presuntuoso Santi Santamaría, no hurtaron el reconocimiento a la austeridad arquitectónica de La Ruina Habitada como una renuncia de lo superfluo, de todo aquello que el habitante considera innecesario para la vida y el disfrute de los sentidos. La luz, las formas, las texturas, los materiales aparentemente innobles ennoblecidos por su tratamiento en la obra..., todo esto vigoriza la autenticidad de la construcción y la espiritualidad de la volumetría regalada por el edificio. Esa calma interior parece una invitación a convivir con el continente, a interactuar con el espacio. Es un lugar en el que se destapa todo y se siente en plena desnudez, como despojándose de lo inútil. Así lo describió Blanca Galindo, directora del complejo Panticosa Resort, en el Pirineo oscense, cuya tradición parecería demandar un remedo kitsch del pasado que tuvo y, sin embargo, ha sido reinterpretado en clave contemporánea por los arquitectos Rafael Moneo, Álvaro Siza, Jesús Manzanares y Belén Moneo, hija del Pritzker español, cuyas Termas de Tiberio marcarán un antes y un después en la tipología de los balnearios. La espiritualidad de estas termas entronca definitivamente con ese carácter despojado de lo superfluo que se vive en La Ruina Habitada y enmarca la Arquitectura de los Sentidos que se diseñará en los años venideros de la hotelería mundial.

 

No es fácil, hay que disponer de mucha información y acreditar mucha cultura antes de empezar una obra así en un hotel moderno, sentenciaron los propietarios de la Quintana del Caleyu, en Asturias. Antonio Gómez y María Jesús Payo reconocieron que en su hotelito, cerca de Salas, habían procurado mantener el alma del lugar, pero sin esa visión de la mera adaptación arquitectónica del edificio para asegurar su habilitabilidad por parte de la clientela. Es precisa la valentía del promotor para aceptar una propuesta así por parte del arquitecto. Y mucho respeto por la creación artística... Siempre que se ajuste al presupuesto y a los criterios de rentabilidad hotelera, subrayó el dueño de la Casa del Rector, en Almagro. Juan García Elvira, propietario igualmente del conocido restaurante El Corregidor, en la misma localidad manchega, ejerció de abogado del diablo en la defensa de unos criterios economicistas imprescindibles a la hora de acometer una inversión hotelera de cierto calibre. Los bancos no perdonan y la crisis asoma regularmente por el horizonte del turismo, a veces antes que en otros sectores de la economía. Un porcentaje considerable de la clientela no acepta innovaciones en su estancia. Ésta es la mayor cortapisa que suelen padecer los hoteleros a la hora de emprender un proyecto de riesgo. Y su propia incapacidad para idearlo.

 

El experimento aLoft demuestra cómo la plena satisfacción de la clientela aporta muy escasos elementos innovadores. Hace un año, el grupo norteamericano Starwood introdujo en Second Life, el planeta virtual por excelencia de Internet, un espacio para el desarrollo de un hotel en cuyo diseño y construcción -en el mundo real- participaran todos los avatares que lo desearan. La idea parecía original y llenó de entusiasmo a muchos internautas, que contribuyeron con sus aportaciones y experiencia hotelera a crear un modelo de establecimiento supuestamente futurista. Supuestamente, sí. Porque el resultado se ha revelado como muy decepcionante. Lejos de crear las condiciones para inventar el hotel del futuro, la concurrencia de los internautas de a pie -clientela potencial de este hotel- sólo ha servido para diseñar un hotel convencional, lógico, espurio y previsible. Los mimbres de los que se ha diseñado han sido los conocidos por la clientela. En consecuencia, lo que revela el experimento aLoft es que la innovación pertenece siempre a la pulsión creativa de las vanguardias. El emprendedor hotelero propone y los viajeros le siguen, se hacen huéspedes de su particular creación. No se puede construir un hotel como si fuera una vivienda particular, concluyó el promotor hotelero Óscar Somoza, que regenta el hotel La Cartería, en Puebla de Sanabria, y está a punto de inaugurar otro, calle más abajo, en la misma localidad zamorana.

 

El programa de necesidades es distinto, pero el genio creativo puede ser el mismo. Arquitecto de profesión y hotelero de vocación, Ángel Llasera posee en la provincia de Tarragona, cerca de Sant Carles de la Rápita, un hotel con encanto y pulcras líneas de arquitectura rural: el Tancat de Codorniu. La visita de La Ruina Habitada ilustra el concepto de arquitectura sencilla, como la casa que pintan los niños en el colegio: una puerta, unas ventanas, un tejado... Es la simpleza ideológica en su versión más didáctica. Materiales todos, los nobles y aquellos a los que no se tienen por nobles, pero que también evidencian nobleza si se los sabe tratar. La piedra, la madera, el acero, el cristal... Y abunda Llasera: el David de Miguel Ángel está desnudo, ¿verdad? Pues si lo vestimos lo desgraciamos. La nobleza no exige vestimenta. La arquitectura elemental, lejos de procurarnos horror vacui, nos regala la esencia de la creación. El estro de la vida misma.

 

La luz diurna es gratificante. Y el tratamiento de la nocturna, con la ayuda de un programa informático de iluminación por escenas, también te transporta a otro mundo. Es lo que la mayoría de viajeros desea cuando se hospeda en el lujoso establecimiento de agroturismo Can Joan Capó, en el interior de Mallorca. Miguel y Noelia Fernández, sus artífices, consideraron en el debate que el volumen de un edificio determina su comodidad, pero también la espiritualidad de vivirlo. Por ello están equivocados quienes piensan que el edificio hotelero debe adaptarse al huésped. Es el huésped quien debe adaptarse a él. Los hoteles genéricos no satisfacen a nadie, cuando la pretensión de sus promotores es justamente la contraria. Un hotel con personalidad sólo seduce a quien persigue ese rasgo identitario, aun a riesgo de prescindir de la clientela que no siente afecto por su identidad o no comparte sus principios arquitectónicos. Aún existe un segmento de clientela adicta a la estética de Marina d'Or, pero sólo a causa del déficit cultural que padecen. Hay que diseñar hoteles para la clientela de los próximos años, esperanzadoramente más culta y más formada en el ars arquitectónica.

 

Es importante dejarse provocar y no consentir que el hotel represente un déjà vu para la clientela con mayores exigencias intelectuales, destacó en este punto el arquitecto Jesús Castillo Oli. Una política inteligente en un restaurante, y también en un hotel, es pedir lo mejor y dejar que sea el propio cocinero, como el pintor de un cuadro, quien decida qué es lo mejor para su cliente. Dejar abierta la posibilidad de elegir según el gusto de la clientela es correr el riesgo de conformarse con lo menos bueno. Ferran Adrià, en El Bulli, no ofrece posibilidad de elección. Su restaurante invita a una experiencia emocional y sensorial. Su propuesta es experimentar con los sentidos. Como la paleta del pintor, los platos llegan a uno por exigencias del guión y no al revés. Cuando asistimos a una proyección cinematográfica no podemos levantarnos del asiento y pedir que cambien el orden de las escenas en una película.

 

Salvador y Gemma Compañ, dueños de El Secanet, en la provincia de Valencia, practican desde el principio una liturgia de la bienvenida original y pródiga en explicaciones sobre lo que el huésped va a sentir en su hotel. El jardín árabe, la alberca, la huerta granadina, los naranjos... Todo satisface a los sentidos. Todo acredita un por qué. Y esa es la función de los propietarios, introducir al viajero en un viaje sensual sin cortapisas a través de sus dependencias y practicar el rito de la hospitalidad. Porque el acto de lavarse las manos sin lavabo no tiene por qué contrariar a nadie, pero sí sorprende. Y quizá requiera una explicación por parte del hotel. En esta liturgia de bienvenida, el momento de la reserva deviene un lapso crucial. Mientras se toman los datos y se saluda a un probable cliente nada resulta más decisivo para la relación entre ambos que el tanteo, a fin de que el viajero no perciba que está llegando al lugar equivocado. Incluso es conveniente para ejercitar esta liturgia tan personal el acordar con el viajero una hora de llegada, pues si no le puede tocar esperar. En El Secanet, a veces un huésped ha tenido que sufrir una larga espera para tomar posesión de su habitación porque el propietario se hallaba enfrascado con otro cliente en la celebración de esta liturgia de bienvenida y, bajo ningún concepto, el recién llegado podría haber renunciado a tal liturgia marca de la casa. No hay un hotel para cada cliente. Hay un cliente para cada hotel.

 

Carlos Velázquez-Duro, propietario de la Quinta Duro, en las afueras de Gijón, y de la Posada del Marqués, cerca de León, se preguntó entonces si esta cultura de consumo hotelero podría arraigarse entre los viajeros. Fácil no será, desde luego, pero las compañías aéreas low cost han demostrado que en muy poco tiempo se puede acostumbrar a la gente a pagar por las bebidas en vuelo, al billete electrónico o a volar sin periódicos ni revistas a bordo. Es algo muy asumido el tomar el avión a una hora determinada. A nadie se le ocurre presentarse en el aeropuerto a la hora que sea, como ocurre cuando se hospeda uno en un hotel. Aquellos establecimientos que fundamenten su personalidad en la práctica de una liturgia tendrán que imponer en su clientela un horario de llegada y otro de salida, aunque luego exista cierta elasticidad por parte de sus anfitriones.

 

Esta liturgia requiere, por tanto, una conceptualización del espacio. Otra manera de entender el lugar que pisamos, el no-lugar que sentimos. En la arquitectura de los sentidos es determinante entrar limpio de polvo y ruido, despojado de todo lo superfluo, de aquellos equipajes que la rutina diaria y el entorno nos cuelga sobre la espalda para sobrevivir. En Japón, el acceso a los edificios recrea siempre ese purgatorio de abluciones psíquicas a través de un camino de piedras ceremoniales sobre las que, al pisar, nos liberamos de toda la suciedad pegada al alma. En el novísimo hotel Holos, fruto de la reconversión de una casa de vecindad en el barrio sevillano de Heliópolis, el concepto arquitectónico de promenade, definido por Le Corbusier, se dibuja mediante un emparrado de lamas de aluminio de formas poliédricas -¿evocación del pasillo diseñado por Eva Castro en la planta cuarta del hotel Puerta América, de Madrid?- que sumerge al recién llegado en esa ablución de los sentidos. Una manguera metálica de acceso que adquiere aquí rango de obra maestra y artificio en sol mayor por obra y gracia de su propietaria, Carmen Ortega, mujer de sonrisa gentil y florida que un día rompió con su saneada existencia de alta ejecutiva y decidió ser anfitriona de buenos huéspedes. Los mejores, dice ella, sus propios clientes. Y, como persona con sensibilidad artística y respeto por las ideas de quien hace arte, se procuró un buen arquitecto en Sevilla para que diera forma y estructura a su hotel en tanto que ella aportaba el universo que lo colorea a su antojo. "Quise dar respuesta a un sueño más que a una necesidad fisiológica", adujo en la tertulia. La del otro sueño, claro está.

 

Esta vez tuvimos en la Jornada de Arquitectura de los Sentidos a dos representantes de la firma Roca: Ignasi Gámez, responsable de su departamento de diseño, y Lluís Capdevila, product manager de su división Wellness. Ambos aterrizaron desde Barcelona interesados en la nueva ola de hoteles spa, que opinaron sobre las nuevas tendencias en el diseño de instalaciones termales en el ámbito domestico y su aplicación práctica en las habitaciones de un hotel. Según lo visto en La Ruina Habitada, antes que tirar lo existente se percibe como necesario explorar sus posibilidades de supervivencia o recuperación. Frente a la cultura del usar y tirar se impone la razón del reciclaje. Y, mejor aún, de trabajar sobre lo desechado a fin de dignificarlo. Es el modelo de futuro. Por tanto, más que diseñar bañeras o artilugios que reproduzcan los efectos balsámicos de una instalación termal, lo que se verá próximamente en los hoteles será el spa dentro de la propia habitación. ¿Y por qué no una habitación-spa en sí misma?, me pregunté. El proyecto ya está en marcha, bajo la dirección del arquitecto Jesús Castillo Oli. Iré desgranando su ejecución en mis próximos apuntes de bitácora.

miércoles, 16 de abril de 2008

Hambre y sed de arte

Qué puede esperarse de un hombre capaz de quedarse dos semanas mirando el cuadro de Rembrandt La novia judía (1667) con sólo un pedazo de pan para comer.


Ejerce algo de fascinación en mí este óleo expuesto en el Rijksmuseum de Amsterdam, es cierto. Lo vi hace ya 15 años en un viaje de solaz a la capital holandesa, tras una semana de navegación en schooner por el Zuiderzee. Un hombre y una mujer vestidos con ropajes galantes del Antiguo Testamento centran la atención en un espacio oscuro. Él acomoda un brazo sobre el hombro de la mujer y toca con la otra mano su pecho. Ella roza delicadamente con la yema de sus dedos la mano del hombre. Ambos miran erráticos hacia dos esquinas opuestas absortos en sus pensamientos. ¿Es el padre de la novia, como creyó el coleccionista de arte Van der Hoop, en actitud de colgarle una cadena con ocasión de su boda? ¿Acaso una pareja de enamorados pese a la diferencia de edad entre ambos? Nada se sabe de este lienzo. Rembrandt se llevó la respuesta a la tumba.

La pintura, como la arquitectura, la música o las artes decorativas, provocan una intensa emoción a quien se desempeña en la vida con aprecio por el ser humano. Despierta los sentidos. Aguza el pensamiento. Enciende el alma. Y es compañera sentimental de una noche en un hotel con encanto. Antonia Baz, propietaria del Convento de San Benito, en la localidad pontevedresa de A Guarda, me lo ha demostrado estos días con su espléndida colección de retablos barrocos y aguafuertes contemporáneos diseminada por las paredes de su hotel. No bastándole con ejercer de hostelera en sus inicios, estudió Artes Decorativas y Restauración de tal suerte que ahora se pasea por las subastas, los anticuarios y las almonedas con la soltura de una perita (en dulce). Su sapiencia me ha conmovido. Su convento me santigua de arte y sensibilidad.

Prometo admirar sus próximas adquisiciones de muebles y pinturas en el Convento de San Benito durante dos semanas de pan y agua. Como aquel hombre arrobado por la belleza de La novia judía, de quien sólo podía esperarse una locura: Vincent van Gogh.

Hoteles accesibles, no gracias

¿Un teleférico para subir al Everest? Sólo de pensarlo se me ponen los pelos de punta... Este empeño por aproximarnos a las alturas, o pretender que la montaña venga a Mahoma, no es sino una extravagancia más de esta sociedad del bienestar que nos ha tocado forjar con mucho pensamiento y esfuerzo personal. ¿Por qué hemos de hacerlo todo accesible a nuestros deseos? Y, sobre todo, ¿qué nos impulsa a acceder sin esfuerzo a cuanto se nos pone por delante? Tal vez la respuesta ya nos la dio el explorador sir Edmund Hillary medio siglo atrás cuando escaló por primera vez la cumbre de la montaña más alta del planeta: "subí simplemente porque el Everest estaba ahí".

Me pregunto todo esto porque ha caído en mis manos el nuevo Manual de Accesibilidad Universal para Hoteles, editado por Paradores de Turismo en colaboración con el Ministerio de Trabajo. El primer párrafo, firmado por Antoni Costa i Costa, ya me ha conmovido por su buenismo. Dice así: ...la necesidad de desarrollar un Plan de Accesibilidad Universal (...) con el objetivo de hacer accesibles nuestros alojamientos (los paradores), servicios y productos a todas las personas, independientemente de su edad o condición." Políticamente muy correcto, sí. Todos hemos sido, somos o seremos discapacitados alguna vez en nuestras vidas, por lo que debemos aplaudir cualquier iniciativa que nos ayude a superar las barreras en el desempeño de nuestras actividades cotidianas. Salvo aquellas que no sean absolutamente imprescindibles para nuestra supervivencia, motivo actual de mi reflexión. Porque no debemos, aunque podamos, ponernos el planeta por montera y hollarlo en todos sus límites hasta volverlo previsible, cotidiano, vulgar. Cuánto de romántico nos quedará vivir después de todo si tejemos un hilo de civilización hasta la última montaña, hasta la última frontera... Todos podemos acreditar nuestro derecho a escalar esa última montaña, pero siempre nos parecerá más romántico hacerlo por nuestro propio pie. Y el que no pueda, que la sueñe.

Pero quiero regresar a este Manual de Accesibilidad para incitar a otra reflexión sobre nuestros monumentos históricos y su rehabilitación arquitectónica. Sabido es que el gran valor de los Paradores de Turismo es, precisamente, su establecimiento en edificios centenarios de utilidad muy distinta a la de su actual rendimiento turístico. Conventos, monasterios, palacios, castillos y torres defensivas cuya estructura arquitectónica no estaba pensada para dar alojamiento al viajero motorizado de hoy, con sus maletas y sus antojos domésticos. Ni con cualesquiera de sus incapacidades. Adaptarlos a estos nuevos usos ha requerido en ocasiones una intervención desafortunada, como se ha comprobado en la reconstrucción del parador de Sigüenza y en la reciente transformación del parador de Lerma. Sesgar por su mitad una planta del edificio es una aberración tectónica. Almenar con sillares nuevos una torre desmochada de manera que parezca auténtica es una solemne impostura. Embutir un ascensor mecánico en el hueco de una escalera medieval es un atentado monumental, por mucho que se quiera disfrazar la torpeza de servicio a los discapacitados. Y quienes firman estos proyectos cojos de su utilitas vitruviana deberían explicar públicamente sus razones, porque la historia a buen seguro que no les absolverá.

Por muy bienintencionado que sea el Plan de Accesibilidad, si un edificio acepta mal una ortopedia para su reconversión hotelera mejor es dejarlo como está. Dejemos que hable la ruina, consintamos la discapacidad estructural de la buena arquitectura. No nos afanemos a toda costa que los Paradores de Turismo aseguren "al menos un acceso accesible (sic) desde el exterior", so pena de amputar nuestro sueño de vivir escalando la cumbre imposible de la historia.

martes, 1 de abril de 2008

Un paraíso de revista

La calidad de un vuelo se mide por la cantidad de pasajeros que han manoseado la revista corporativa ofrecida en el bolsón del asiento. Yo creía que el auge de las compañías low cost habían dejado a Iberia en una posición inmejorable para copar el segmento ejecutivo y la clase turista menos ocupada en cazar gangas tras muchas horas de navegación por la Red. Pero no, esta tarde he comprobado que tal presunción no deja de ser un tópico más de los viajes en avión. En mi vuelo a Barcelona, servido por Iberia -concretamente, por su filial Air Nostrum-, la revista Ronda Iberia daba asco tocarla. Tanto que me resistí a hacerlo durante la primera media hora, pero luego me sobrevino la galvana de la tarde, la difusa imagen de las nubes, el muermo de la altura, y no tuve más remedio que tragarme ese sapo y aposentar entre mis piernas la resma en grasienta cuatricromía.

Con cuidado de no desfoliar sus páginas, pero aguzando el ingenio para vencer la resistencia de los dobladillos, emprendí un periplo por aquel ejemplar no sé cuántas veces desvirgado como quien se hace cliente de un meublé en las Ramblas. Algunos de mis amigos escriben y fotografían sus reportajes, pero quiero ahorrarles el disgusto de imaginar en qué estado de ilegibilidad encontré sus líneas o cuán groseros eran los raspones que herían sus imágenes.
Sí voy a destacar la apostilla que un incógnito lector, pasajero de algún vuelo anterior, se permitió rotular sobre una de las páginas más llamativas de la revista. "El paraíso", decía. A toda plana, la fotografía de un resort playero me recordaba el Costa Adeje, en la isla canaria de Tenerife. O no, quizá se pareciera más al que desborda toda la playa de Papagayo, en Lanzarote. ¿No sería acaso el de las dunas de Corralejo, en Fuerteventura, con esas casitas de tejado a cuatro aguas, arcos a lo largo de la fachada, balcones en sus tres plantas y un manojo de palmeras alrededor de un multiforme piscinario? Pues ahora que lo digo se me antoja pensar que tal vez hayan tomado la imagen desde un extremo del complejo en forma de herradura que vi en el H10 de Gran Canaria. Es igual... Incluso puedo reconocer sus chozas al borde de la piscina, que abrigaban la barra de un chiringuito especializado en snacks precongelados. Y esas empalizadas que daban sombra a las tumbonas en las que se refugiaban, mediada la jornada de playa, aquellos veraneantes centroeuropeos de carrocerías incendiadas al sol canario... Me confunde el color de la arena en la lejanía, por lo que deduzco que la postal ha sido tomada en la Costa Daurada.

No quiero seguir con ese jeroglífico arquitectónico en el que todas las vistas se parecen al paraíso soñado por la mayoría de nuestros congéneres en época de vacaciones estivales. Un escenario idílico de piscinas, saltos de agua, arroyos que bordean el césped, siempre difícil de hidratar en estos secarrales marítimos. La fiesta permanente de los chiquillos, los columpios y fetuccini hilvanados en un minigolf, los billares, los estantes de videojuegos, los bares, diez restaurantes temáticos, un escenario sobre el que perder el miedo al ridículo tras la cena. Un ejército disciplinado de recepcionistas, camareros, gobernantas, socorristas y, sobre todo, animadores esculpidos en mangas de camisa. Vacaciones en la playa... ¡Ay, qué vacaciones!

Descifremos ya este galimatías. Miro abajo y ¿qué leo?: un hotel de ensueño en el corazón del Caribe. ¿No estábamos en las Canarias, o en la Costa del Sol, o al filo de la propia Costa Daurada? Qué va, veraneamos en el paradisiaco Ocean Coral & Turquesa Resort, en Puerto Morelos, México, que es lo mismo. Firma la hoja publicitaria la enseña hotelera H10. Pensando en ti.

lunes, 17 de marzo de 2008

¿Lanzarote sin hoteles?


La playa del Papagayo, uno de los tesoros naturales de las Canarias. Así titula la revista Hola un reportaje sobre este paraíso turístico del sur de Lanzarote. Nada que objetar a un playazo de siete kilómetros segmentado en varias ensenadas de roquedos basálticos, arena blanca, transparencia azul y el recuerdo de aquella ciudad, San Marcial del Rubicón, que la leyenda sitúa como la primera capital del Atlántico sur.

Lo que debe invitarnos a la reflexión es el segundo párrafo del artículo. «En este entorno, ni un hotel ni una urbanización a la vista, tan sólo los bañistas y las embarcaciones de recreo que navegan rumbo al islote de Lobos o en dirección al estrecho de la Bocayna, límite entre Lanzarote y Fuerteventura». Idílico, ¿verdad?

Ni un hotel a la vista. Qué emoción. Y qué pena el observar cómo ha calado en el subconsciente colectivo la deyección paisajística provocada por los hoteles en nuestro litoral. Como si el hotel y el entorno natural no fueran dos elementos de la misma ecuación. Tuve ese pensamiento hace unos años cuando regresé de noche a la Acrópolis ateniense y contemplé la silueta renovada del Partenón, más resplandeciente de lo que estaba en mi primera visita a la capital griega. Si en lugar de aquel templo helénico me hubiera encontrado un Marina d'Or...

Pues igual digo de nuestro litoral mediterráneo. Si en lugar de hoteles tan masificados y horteras se hubieran levantado catedrales de la buena vida y mejor estética, resorts oxigenados o alojamientos con encanto, templos lúdicos, arquitecturas del paisaje... Mejoraría nuestra opinión sobre lo que es un hotel y lo tildaríamos de paraíso como la revista Hola hace con la costa lanzaroteña de Papagayo. Por ahora.

jueves, 22 de noviembre de 2007

De la Montaña Mágica a la Roca de Curiel


Mis viajes de hotel en hotel suponen a veces una dura penitencia. Castigo de Dios por haber sido tan malévolo en las críticas semanales de El País. Estos días me han llevado desde las lluviosas cumbres asturianas hasta el yermo vallisoletano del Duero, pasando por el puerto del Escudo y rozando las agujas de la catedral de Burgos. No he visto muchos molinos esta vez, pero sí quijotes de cartón piedra en abundancia. De esos que cabalgan sobre Incitatos creyendo arrear a Rocinantes. Ainsi soit-il, que dicen nuestros vecinos del norte mientras se persignan como muchos de los hoteleros con los que me he ido topando, amigo Sancho.

Salí de una suculenta perorata con Carlos Bueno, propietario de La Montaña Mágica, cerca de Llanes, a quien no veía desde hace 12 años y que siguen gozando de una envidiable esbeltez gracias a la curtimbre de lo rural. Le flanqueaban dos guajes con rostro de pillos y ademanes tan intelectuales como los de su abuelo, el egregio filósofo Gustavo Bueno. En ellos estaría pensando cuando me reveló sus dudas acerca de un nuevo proyecto de ampliación del negocio, visto lo que bien que le trata la vida y lo mal que la ha aprovechado al edificar un complejo rural impostado de casona asturiana, casería vasca y burgo provenzal. En una atalaya privilegiada como ésta de 12 hectáreas sobre los Picos de Europa deberías haber construido un hotel idílico, modélico, socrático y bucólico como las églogas de Virgilio, querido Carlos, por Dios o por Juan del Encina, y no ese remedo con bañeras dobles de hidromasaje, frazadas mexicanas, sobrecillos de hostal rústico y muebles de Todo a Cien. Cuán pocos aleros y cuántos menos paramentos habían bastado para hacer feliz a Thomas Mann en su evocación de tu hotel en el nosocomio de Davos. ¿O no, señor Bueno?

Altas torres han caído, pero las casonas y posadas de Cantabria siguen erre que erre con su carácter informe, su arquitectura deforme y ese invariable empecinamiento en ser lo que nunca fueron y parecer lo que tampoco son. Me refiero a la medianería de abolengo hostelero que he ido encontrando entre las piedras del camino: Los Cautivos, Posada de Cosgaya, Casonas de Salceda y Hermosa… Menos mal que las viandas en el Hostal del Oso compensan el déficit de arquitectura de los sentidos que he sufrido esta semana a lo largo de la cornisa cantábrica. Generación a generación, los Rivas encumbran la hostelería montañesa frente a tanto desatino.

Atinar al blanco del termalismo en boga es lo que les ha faltado a los emprendedores que han destrozado la faz del antiguo Balneario de Solares. Su reconversión impostada del Gran Hotel duele a la vista, al alma y también al plexo solar. Nada más entrar por el chaflán dejas de respirar 13 veces por minuto, que es lo que la fisiología humana acostumbra cuando no sufre espasmos. ¿De verdad hacían falta tanta pasamanería dorada, tanta yesería en bajorrelieve, tanta columna dórica, tanta lamparita frufrú? Todo por mojarse en agua mineral. Una pena porque el dormir ahí es cómodo y el cenar, una finura a la que nadie debería renunciar.

Pero el viaje de las imposturas no acaba aquí. ¡Qué puedo decir de Burgos que no haya dicho ya de Cantabria! La pátina del hotel Velada, en la capital burgalesa, es más falsa que un Judas. La nobleza del Rice viste de paje a un marqués. Y los sillares del Landa proceden de otros desiertos esta vez sí que lejanos cuya monumentalidad se ganó por arte de birlibirloque. Hasta llegar al culmen de la cursilería medieval en Castilla: el recién inaugurado Castillo de Curiel, frente a los importantes pagos vitícolas de Peñafiel. Puede que Thomas Mann no dijera mú, pero seguro que la reina Doña Urraca se revolvería en su tumba. ¡Sacré Bleu con esta impostura! Si no quedaban más que tres piedras de aquel castillo roquero del siglo XI y hoy el hotel parece un juego de fichas Lego armado sobre sus ruinas… Y qué estupor de piedras adentro. Su feliz propietario lo ha colmado de muebles falsos de época, pero no de la época castellar, sino del rococó versallesco y el hispano musulmán de los zocos magrebíes. Aún me queda pasar la noche en él, así que no diré nada más, pues las máscaras de carnaval veneciano que decoran la fruslería de espejo encima de la escribanía isabelina se pueden mofar mucho de mí.

Cuántas mentiras y qué poca arquitectura de los sentidos vividas esta semana de Asturias a Valladolid.

Ejem…, lo confieso: yo, de pequeño, jugaba a Exin Castillos.

jueves, 26 de abril de 2007

La arquitectura de los sentidos



El hotel es una arquitectura efímera y su plazo de caducidad apenas rebasa los 10 o 15 años de existencia. Esta afirmación, que estimula a ciertos arquitectos desde las ópticas de la creatividad y el peculio, sume en una profunda depresión a otros que, amparados en la venustas vitrubiana, anhelan realmente firmar las catedrales góticas del siglo XXI. Tal ha sido el corolario de los debates sobre arquitectura hotelera celebrados el pasado 23 de abril en mi residencia particular del norte de Palencia. Al igual que la primera Jornada, referida en mi blog del 26 de marzo, en esta ocasión los participantes volvieron a insistir en la arquitectura de los sentidos como el principal reto de aquellos hoteles que persigan asegurar su supervivencia durante la próxima década.

Ni la innovación puramente tecnológica, ni la asiatización del lujo, ni la proliferación de servicios, como el spa o los que animan a la implantación de la Q de calidad, van a marcar la agenda operativa de los hoteles en lo sucesivo. La propuesta de más calado entre los hoteleros hoy es el nuevo orden arquitectónico que atiende a los nuevos usos del espacio exigidos por una clientela viajera cada día más entregada al disfrute de los sentidos. Este hedonismo creciente de la población determina, es lógico, una manera diferente de percibir, entender, sentir y moverse por las instalaciones hoteleras. Los viajeros empiezan a mirar el hotel como un destino turístico en sí mismo. Desean que el hotel les emocione, les provoque, les ofrezca nuevas experiencias y, si además se lo pueden pagar repetidas veces, mejor que mejor.

En esta ocasión, los asistentes a la Jornada de Arquitectura Hotelera representaban mayoritariamente el segmento de los pequeños hoteles urbanos, cuya identidad se distingue aunque no difiere en lo sustancial de la acusada personalidad de los hoteles con encanto rurales, convocados durante la primera sesión del 26 de marzo. El grupo ha estado formado por José Antonio Liñares y su esposa, propietarios del hotel Costa Vella, en Santiago de Compostela; Raúl Lozano, dueño del romántico y muy culto hotel Ladrón de Agua, en Granada; Juan Carlos Marcos, director del hotel Hoyuela, en la zona noble de Santander; Antonio Núñez, responsable del madrileño Santo Domingo y profesional de dilatada experiencia en el sector turístico; Julián Almaraz, director del hotel Rector, en Salamanca; Eva Roqueta, hasta esta semana directora de los hoteles valencianos Ad Hoc y Ad Hoc Parque; Paloma López Sarasa, dueña de la Casona de Naveda, en el Alto Campoo; José Solà, empresario hotelero aranés y propietario de varios establecimientos de prestigio, como el Val de Ruda y el Chalet Bassibé, en la estación invernal de Baqueira, quien iba acompañado de la mano de Pere Colomer, experto en turismo y consultor privado de la agencia Consultur, así como del arquitecto japonés Toshiaki Tange, jefe del estudio de Arata Isozaki, quien proyecta un complejo termal de lujo en el valle de Arán. La tertulia contó igualmente con la presencia de Inmaculada Ranera, directora de Christie&Co en España; José Badiola, editor del periódico regional Carrión, que ha dedicado varias páginas a cubrir estas Jornadas desde su inicio; y repitió, naturalmente, el arquitecto Jesús Castillo Oli, autor de La Ruina Habitada.

En la presentación, Castillo Oli volvió a subrayar que «la arquitectura tiene que provocar a los sentidos, sugerir un nuevo uso de los espacios porque el hedonismo de los nuevos viajeros exige una propuesta de instalaciones y servicios al menos similar a la que cada uno ha ido cultivando en su propia casa». Las intervenciones se centraron al principio en distinguir entre la arquitectura espectáculo, que parece hoy sacralizar los proyectos hoteleros, y esta llamada arquitectura de los sentidos basada en la innovación sin estridencias, en los detalles más que en los destellos, en la afinación de los elementos constructivos antes que en el sacrificio de los tres principios vitrubianos (firmitas, utilitas, venustas) por mor de la teatralidad de la arquitectura hotelera.

¿Qué es un hotel de diseño?, se preguntaron algunos visto el auge que está tomando este concepto en todo el mundo. Respondió el arquitecto jefe de la oficina de Arata Isozaki que «un hotel de diseño es aquel en cuyas instalaciones se percibe de inmediato el ego del arquitecto». La buena arquitectura apenas adquiere protagonismo en el espacio, sino que lo ordena, lo dispone y le sirve con toda su fuerza creativa y tecnológica. Lo importante es la idea, el concepto. Qué significa cada cosa, cada objeto, y para qué sirven.

Cierto es que la veloz transformación de los gustos en la clientela exige una redefinición constante de los espacios, a lo que la arquitectura debe dar forma y solución. Algunas de las propuestas del diseño hotelero formuladas en los últimos años se pasan de moda, con lo que la arquitectura hotelera parece condenada a ser una arquitectura efímera, lo mismo que un pabellón de feria o una barraca itinerante. «¿Cómo es posible que hablemos de un plazo de 10 o 15 años para la pervivencia de una propuesta hotelera si los arquitectos góticos diseñaban para cinco siglos?», se preguntó Tange. «Por su alto coste, la obra arquitectónica debería perdurar por los siglos de los siglos. O, al menos, por espacio de 60 años, que es la vida que nosotros concedemos a los edificios modernos», concluyó el arquitecto japonés. Y recibió el asentimiento favorable de todos los presentes: el reto consiste en hacer rentable la propuesta arquitectónica y someterla a la realidad del cuadro de gestión.
¿Qué puede hacer la arquitectura además de dar espectáculo y soluciones técnicas para la rentabilidad del negocio hotelero? La redefinición de los espacios, a veces excesivamente funcionales y aburridos. Desde la recepción hasta la más humilde habitación. Nuevas reglas que sustituyan el clásico mostrador de recepción, como proceder al check-in desde la ventanilla del coche, o frente a una mesa informal de trabajo, o en la propia habitación del huésped. Incluso mediante el recurso lúdico de un atril que brota en un punto del recorrido, señalizado con una chapa continua y un hilo de luz, como figura en el proyecto actualmente en marcha del hotel El Convento de Mave, utilizado para hospedar a todos los asistentes a estas Jornadas. En el dormitorio, por ejemplo, la cama ocupa un espacio de 4 metros cuadrados inútil durante gran parte de la estancia del huésped. Jesús Castillo Oli propone dar rendimiento a este lugar mediante la teoría de los espacios multifuncionales, como acaba de ser implementado recientemente en el hotel Prestige Congress, de Barcelona, diseñado para transformar el dormitorio en una oficina con una cama abatible y una mesa ad hoc. De nuevo, el modelo del hotel Les Cols, en Olot, sirvió para establecer que «los espacios perdidos son aquí espacios recuperados», en palabras del arquitecto de La Ruina Habitada.
Idealismo frente a pragmatismo. La gente irá pasando de un concepto a otro según su visión personal. Un hotel es como un teatro que debe servir de escenario tanto a la comedia como a la tragedia. Pero más importante aún que la arquitectura es el servicio, las relaciones humanas. Por eso, la liturgia de recibir, presentarse y describir cómo funciona todo en el lugar en que se está adquiere un significado extraordinario en esta nueva hotelería de los sentidos. «La arquitectura debe contar una historia», concluyó ética y poéticamente el granadino Raúl Lozano.

El próximo 21 de mayo tendrá lugar la tercera edición de estas Jornadas de Arquitectura Hotelera, dedicada a los pequeños establecimientos situados en el campo.