jueves, 22 de noviembre de 2007

De la Montaña Mágica a la Roca de Curiel


Mis viajes de hotel en hotel suponen a veces una dura penitencia. Castigo de Dios por haber sido tan malévolo en las críticas semanales de El País. Estos días me han llevado desde las lluviosas cumbres asturianas hasta el yermo vallisoletano del Duero, pasando por el puerto del Escudo y rozando las agujas de la catedral de Burgos. No he visto muchos molinos esta vez, pero sí quijotes de cartón piedra en abundancia. De esos que cabalgan sobre Incitatos creyendo arrear a Rocinantes. Ainsi soit-il, que dicen nuestros vecinos del norte mientras se persignan como muchos de los hoteleros con los que me he ido topando, amigo Sancho.

Salí de una suculenta perorata con Carlos Bueno, propietario de La Montaña Mágica, cerca de Llanes, a quien no veía desde hace 12 años y que siguen gozando de una envidiable esbeltez gracias a la curtimbre de lo rural. Le flanqueaban dos guajes con rostro de pillos y ademanes tan intelectuales como los de su abuelo, el egregio filósofo Gustavo Bueno. En ellos estaría pensando cuando me reveló sus dudas acerca de un nuevo proyecto de ampliación del negocio, visto lo que bien que le trata la vida y lo mal que la ha aprovechado al edificar un complejo rural impostado de casona asturiana, casería vasca y burgo provenzal. En una atalaya privilegiada como ésta de 12 hectáreas sobre los Picos de Europa deberías haber construido un hotel idílico, modélico, socrático y bucólico como las églogas de Virgilio, querido Carlos, por Dios o por Juan del Encina, y no ese remedo con bañeras dobles de hidromasaje, frazadas mexicanas, sobrecillos de hostal rústico y muebles de Todo a Cien. Cuán pocos aleros y cuántos menos paramentos habían bastado para hacer feliz a Thomas Mann en su evocación de tu hotel en el nosocomio de Davos. ¿O no, señor Bueno?

Altas torres han caído, pero las casonas y posadas de Cantabria siguen erre que erre con su carácter informe, su arquitectura deforme y ese invariable empecinamiento en ser lo que nunca fueron y parecer lo que tampoco son. Me refiero a la medianería de abolengo hostelero que he ido encontrando entre las piedras del camino: Los Cautivos, Posada de Cosgaya, Casonas de Salceda y Hermosa… Menos mal que las viandas en el Hostal del Oso compensan el déficit de arquitectura de los sentidos que he sufrido esta semana a lo largo de la cornisa cantábrica. Generación a generación, los Rivas encumbran la hostelería montañesa frente a tanto desatino.

Atinar al blanco del termalismo en boga es lo que les ha faltado a los emprendedores que han destrozado la faz del antiguo Balneario de Solares. Su reconversión impostada del Gran Hotel duele a la vista, al alma y también al plexo solar. Nada más entrar por el chaflán dejas de respirar 13 veces por minuto, que es lo que la fisiología humana acostumbra cuando no sufre espasmos. ¿De verdad hacían falta tanta pasamanería dorada, tanta yesería en bajorrelieve, tanta columna dórica, tanta lamparita frufrú? Todo por mojarse en agua mineral. Una pena porque el dormir ahí es cómodo y el cenar, una finura a la que nadie debería renunciar.

Pero el viaje de las imposturas no acaba aquí. ¡Qué puedo decir de Burgos que no haya dicho ya de Cantabria! La pátina del hotel Velada, en la capital burgalesa, es más falsa que un Judas. La nobleza del Rice viste de paje a un marqués. Y los sillares del Landa proceden de otros desiertos esta vez sí que lejanos cuya monumentalidad se ganó por arte de birlibirloque. Hasta llegar al culmen de la cursilería medieval en Castilla: el recién inaugurado Castillo de Curiel, frente a los importantes pagos vitícolas de Peñafiel. Puede que Thomas Mann no dijera mú, pero seguro que la reina Doña Urraca se revolvería en su tumba. ¡Sacré Bleu con esta impostura! Si no quedaban más que tres piedras de aquel castillo roquero del siglo XI y hoy el hotel parece un juego de fichas Lego armado sobre sus ruinas… Y qué estupor de piedras adentro. Su feliz propietario lo ha colmado de muebles falsos de época, pero no de la época castellar, sino del rococó versallesco y el hispano musulmán de los zocos magrebíes. Aún me queda pasar la noche en él, así que no diré nada más, pues las máscaras de carnaval veneciano que decoran la fruslería de espejo encima de la escribanía isabelina se pueden mofar mucho de mí.

Cuántas mentiras y qué poca arquitectura de los sentidos vividas esta semana de Asturias a Valladolid.

Ejem…, lo confieso: yo, de pequeño, jugaba a Exin Castillos.

jueves, 26 de abril de 2007

La arquitectura de los sentidos



El hotel es una arquitectura efímera y su plazo de caducidad apenas rebasa los 10 o 15 años de existencia. Esta afirmación, que estimula a ciertos arquitectos desde las ópticas de la creatividad y el peculio, sume en una profunda depresión a otros que, amparados en la venustas vitrubiana, anhelan realmente firmar las catedrales góticas del siglo XXI. Tal ha sido el corolario de los debates sobre arquitectura hotelera celebrados el pasado 23 de abril en mi residencia particular del norte de Palencia. Al igual que la primera Jornada, referida en mi blog del 26 de marzo, en esta ocasión los participantes volvieron a insistir en la arquitectura de los sentidos como el principal reto de aquellos hoteles que persigan asegurar su supervivencia durante la próxima década.

Ni la innovación puramente tecnológica, ni la asiatización del lujo, ni la proliferación de servicios, como el spa o los que animan a la implantación de la Q de calidad, van a marcar la agenda operativa de los hoteles en lo sucesivo. La propuesta de más calado entre los hoteleros hoy es el nuevo orden arquitectónico que atiende a los nuevos usos del espacio exigidos por una clientela viajera cada día más entregada al disfrute de los sentidos. Este hedonismo creciente de la población determina, es lógico, una manera diferente de percibir, entender, sentir y moverse por las instalaciones hoteleras. Los viajeros empiezan a mirar el hotel como un destino turístico en sí mismo. Desean que el hotel les emocione, les provoque, les ofrezca nuevas experiencias y, si además se lo pueden pagar repetidas veces, mejor que mejor.

En esta ocasión, los asistentes a la Jornada de Arquitectura Hotelera representaban mayoritariamente el segmento de los pequeños hoteles urbanos, cuya identidad se distingue aunque no difiere en lo sustancial de la acusada personalidad de los hoteles con encanto rurales, convocados durante la primera sesión del 26 de marzo. El grupo ha estado formado por José Antonio Liñares y su esposa, propietarios del hotel Costa Vella, en Santiago de Compostela; Raúl Lozano, dueño del romántico y muy culto hotel Ladrón de Agua, en Granada; Juan Carlos Marcos, director del hotel Hoyuela, en la zona noble de Santander; Antonio Núñez, responsable del madrileño Santo Domingo y profesional de dilatada experiencia en el sector turístico; Julián Almaraz, director del hotel Rector, en Salamanca; Eva Roqueta, hasta esta semana directora de los hoteles valencianos Ad Hoc y Ad Hoc Parque; Paloma López Sarasa, dueña de la Casona de Naveda, en el Alto Campoo; José Solà, empresario hotelero aranés y propietario de varios establecimientos de prestigio, como el Val de Ruda y el Chalet Bassibé, en la estación invernal de Baqueira, quien iba acompañado de la mano de Pere Colomer, experto en turismo y consultor privado de la agencia Consultur, así como del arquitecto japonés Toshiaki Tange, jefe del estudio de Arata Isozaki, quien proyecta un complejo termal de lujo en el valle de Arán. La tertulia contó igualmente con la presencia de Inmaculada Ranera, directora de Christie&Co en España; José Badiola, editor del periódico regional Carrión, que ha dedicado varias páginas a cubrir estas Jornadas desde su inicio; y repitió, naturalmente, el arquitecto Jesús Castillo Oli, autor de La Ruina Habitada.

En la presentación, Castillo Oli volvió a subrayar que «la arquitectura tiene que provocar a los sentidos, sugerir un nuevo uso de los espacios porque el hedonismo de los nuevos viajeros exige una propuesta de instalaciones y servicios al menos similar a la que cada uno ha ido cultivando en su propia casa». Las intervenciones se centraron al principio en distinguir entre la arquitectura espectáculo, que parece hoy sacralizar los proyectos hoteleros, y esta llamada arquitectura de los sentidos basada en la innovación sin estridencias, en los detalles más que en los destellos, en la afinación de los elementos constructivos antes que en el sacrificio de los tres principios vitrubianos (firmitas, utilitas, venustas) por mor de la teatralidad de la arquitectura hotelera.

¿Qué es un hotel de diseño?, se preguntaron algunos visto el auge que está tomando este concepto en todo el mundo. Respondió el arquitecto jefe de la oficina de Arata Isozaki que «un hotel de diseño es aquel en cuyas instalaciones se percibe de inmediato el ego del arquitecto». La buena arquitectura apenas adquiere protagonismo en el espacio, sino que lo ordena, lo dispone y le sirve con toda su fuerza creativa y tecnológica. Lo importante es la idea, el concepto. Qué significa cada cosa, cada objeto, y para qué sirven.

Cierto es que la veloz transformación de los gustos en la clientela exige una redefinición constante de los espacios, a lo que la arquitectura debe dar forma y solución. Algunas de las propuestas del diseño hotelero formuladas en los últimos años se pasan de moda, con lo que la arquitectura hotelera parece condenada a ser una arquitectura efímera, lo mismo que un pabellón de feria o una barraca itinerante. «¿Cómo es posible que hablemos de un plazo de 10 o 15 años para la pervivencia de una propuesta hotelera si los arquitectos góticos diseñaban para cinco siglos?», se preguntó Tange. «Por su alto coste, la obra arquitectónica debería perdurar por los siglos de los siglos. O, al menos, por espacio de 60 años, que es la vida que nosotros concedemos a los edificios modernos», concluyó el arquitecto japonés. Y recibió el asentimiento favorable de todos los presentes: el reto consiste en hacer rentable la propuesta arquitectónica y someterla a la realidad del cuadro de gestión.
¿Qué puede hacer la arquitectura además de dar espectáculo y soluciones técnicas para la rentabilidad del negocio hotelero? La redefinición de los espacios, a veces excesivamente funcionales y aburridos. Desde la recepción hasta la más humilde habitación. Nuevas reglas que sustituyan el clásico mostrador de recepción, como proceder al check-in desde la ventanilla del coche, o frente a una mesa informal de trabajo, o en la propia habitación del huésped. Incluso mediante el recurso lúdico de un atril que brota en un punto del recorrido, señalizado con una chapa continua y un hilo de luz, como figura en el proyecto actualmente en marcha del hotel El Convento de Mave, utilizado para hospedar a todos los asistentes a estas Jornadas. En el dormitorio, por ejemplo, la cama ocupa un espacio de 4 metros cuadrados inútil durante gran parte de la estancia del huésped. Jesús Castillo Oli propone dar rendimiento a este lugar mediante la teoría de los espacios multifuncionales, como acaba de ser implementado recientemente en el hotel Prestige Congress, de Barcelona, diseñado para transformar el dormitorio en una oficina con una cama abatible y una mesa ad hoc. De nuevo, el modelo del hotel Les Cols, en Olot, sirvió para establecer que «los espacios perdidos son aquí espacios recuperados», en palabras del arquitecto de La Ruina Habitada.
Idealismo frente a pragmatismo. La gente irá pasando de un concepto a otro según su visión personal. Un hotel es como un teatro que debe servir de escenario tanto a la comedia como a la tragedia. Pero más importante aún que la arquitectura es el servicio, las relaciones humanas. Por eso, la liturgia de recibir, presentarse y describir cómo funciona todo en el lugar en que se está adquiere un significado extraordinario en esta nueva hotelería de los sentidos. «La arquitectura debe contar una historia», concluyó ética y poéticamente el granadino Raúl Lozano.

El próximo 21 de mayo tendrá lugar la tercera edición de estas Jornadas de Arquitectura Hotelera, dedicada a los pequeños establecimientos situados en el campo.

domingo, 15 de abril de 2007

Cada segundo vivir y escapar


Un folleto publicitario ha entrado esta mañana en mi buzón postal. «¿Estás o no estás?», se preguntaba en la solapa. Sí, claro. Y lo abrí con la certeza de que la publicidad es esa palanca que hoy mueve al mundo. A todo el mundo.
¡Mmm..., qué sugerente! Nueve post-it aparecían chincheteados en un aparente tablero de corcho con frases tan consuetudinarias en las empresas como éstas: «Hay diecisiete llamadas perdidas que no sé de quién son»; «También te están buscando para lo de la herencia de tu tío Antonio, que les llames»; «Tu mujer. Que no puede creerse que siempre estés comunicando»; «Ha llamado Paco, que le llames»; «Te han llamado de la gestoría porque necesitan hablar contigo del contrato del nuevo empleado»; «Han llamado del banco, que te ha tocado una batería de cocina. Que si no hablas con ellos hoy se la dan a otro»; «Un tipo muy raro ha estado esperando dos horas para pagar porque estaba entrando un fax y no podía usar el teléfono. Al final se ha ido»; «Pérez, que está cansado de mandar faxes que no entran»; «Margarita llamó a las diez, que llevaba toda la mañana buscándote».
¡Uf, qué agobio! Era un mensaje de Telefonica (sin acento) para animarme a contratar una línea de teléfono adicional... Pues de lo que realmente me ha animado es a coger la maleta y escaparme de la oficina. ¿Tal vez a un hotel con encanto?
Abre las puertas de la percepción,
usa el poder de la imaginación...
Piensa en las cosas que te hacen sentir,
cada segundo vivir y escapar....
Desde el principio, al fin, sólo quisimos vivir.
(Moby)

domingo, 8 de abril de 2007

Una excitante liturgia de bienvenida


La hospitalidad, como cualquier acto solemne de la vida, entraña una liturgia. El arte de recibir desencadena un ritual de gestos, ademanes, galas, ofrendas, honores y servicios que aproxima al huésped y a su anfitrión. Esta ceremonia, sea cual sea su afectación, establece el marco de las relaciones humanas que van a entablarse en el curso de la estancia hotelera, informa de las reglas de convivencia entre las partes y perfila el escenario en que se suscitarán emociones, sensaciones, experiencias e incluso sentimientos personales.

A nadie se le escapa, si bien pocos lamentan, que la liturgia de bienvenida al hotel ha cambiado drásticamente con los años y, casi siempre, en perjuicio de su calidad humana. Víctima de la masificación turística y de la democratización del consumo en todo el mundo, el actual modelo de gestión empresarial se rige por los patrones de máxima eficiencia en los servicios y optimización productiva de las instalaciones hoteleras, para el cual ese boato característico de la belle époque constituye hoy un anacronismo a la hora de asegurar el rendimiento del negocio. Sólo unos cuantos hoteles se atreven a desafiar tales preceptos económicos… costeando un mozo de equipajes, por ejemplo.

A mi modo de ver, el hotel perfecto para tener bajo control los bolsillos es aquel que logra sustituir la recepción por un cajero automático, como sucede en los establecimientos de la cadena francesa Formule 1. Introduces la tarjeta de crédito, obtienes una clave y te puedes bandear por todo el hotel sin tropezarte con ningún empleado que te importune. La fórmula es económica, eficaz y discreta. Dejas el coche en el aparcamiento, te deslizas entre las sábanas con tu amante y allí nadie se ha enterado de nada. Impersonal, sí; pero muy ventajoso para pernoctar de incógnito, que es lo mío. A 30, 40 o 50 euros la noche, no se puede exigir más.

En el común de los hoteles sobra el mostrador de recepción, que es la pieza más utilitaria y, por repetida, vulgar de todas las que constituyen el paisaje mobiliario de esta clase de edificios. Reconozco su eficiencia en la atención al viajero, pero ¿por qué empecinarse siempre con el mismo concepto? Es una pregunta recurrente en los púlpitos del ars arquitectónica, como otras tantas. ¿Por qué el acto de dormir se practica siempre en una cama? ¿Por qué en la ablución diaria aparece siempre una bañera de Roca? ¿Por qué un lavabo es siempre un lavabo? ¿Es que no se puede diseñar otro utensilio para lavarse las manos? Después de todo, la humanidad se ha pasado cuatro milenios defecando en una letrina hasta la popularización, a finales del siglo XIX, del inodoro de cisterna que hoy conocemos y utilizamos. Nunca me voy a quitar de la mente el imaginario hotelero de los mostradores de recepción, pulcros y geométricos como los de las expendedurías del Bono-Loto, aplicados e inconmovibles como los de una ventanilla ministerial. Funcionales, pero insoportablemente aburridos.

Sí, en el común de los hoteles sobra también el personal encargado de la recepción, cuyo único desempeño es el de comprobar en el libro de registros la inscripción de la reserva. Otros menesteres necesarios son los de la conserjería y el cobro de los servicios prestados, que no siempre se realizan con la misma meticulosidad ni con el mismo pundonor que los de la pura recepción de pasajeros. Éstos los resuelve a plena satisfacción el software que gestiona las reservas. Y lo que no realiza el programa informático (conducir al huésped hacia su dormitorio), tampoco lo facilita el recepcionista de turno... por no jadear con el equipaje a cuestas, supongo.

La liturgia de la hospitalidad que más me ha seducido en la vida no entiende de mostradores, ni de agasajos consuetudinarios, ni de formularios policiales bajo sospecha de delincuencia mayor. No requiere mostrador de recepción, ni buzón de llaves, ni tablilla oficial de precios. Es un no-lugar, una no-recepción. Es un santuario zen, un purgatorio del viaje, donde el recién llegado se despoja de todo y ve cómo su identidad itinerante se transmuta en la esencialidad de su nueva condición de huésped. Este bautismo se celebra en una semipenumbra cuasi mística. Sigue después con una instrucción ritual acerca de las dependencias privadas y comunes, su disfrute y los pormenores de su uso. En los corredores, las palabras suenan a música. Entre los paramentos, la música a silencio. El inteligente lenguaje de los gestos reemplaza la expresión de lo obvio. La cama no es cama, el lavabo no es lavabo y no hay suelo bajo techo. De noche, el espacio se transforma según los significados orientales del ma: relación, intervalo, periodo, pausa… Un ritmo sincopado que enaltece la relación osmótica entre la arquitectura y el habitante, el habitante y la arquitectura.

Sin esta liturgia de la delicadeza no puede entenderse el arte de recibir. Y el hotel que renuncie a practicarla, más que un santuario de la hospitalidad, será una nave industrial de sueños fisiológicos.

miércoles, 28 de marzo de 2007

Jornada sobre arquitectura hotelera


La arquitectura de los sentidos. Éste es el desafío que tienen ante sí los hoteles para asegurar su supervivencia durante los próximos 10 años. No la innovación puramente tecnológica. No la asiatización del lujo, ni la proliferación de servicios. No la puesta en marcha de un spa. No la gestión de los precios. No, en fin, la normalización de sus instalaciones o la implantación de la Q de calidad. Lo que va a marcar la agenda operativa de los hoteles es un cambio en el orden arquitectónico de los hoteles, un nuevo diseño de los espacios, otra manera de percibir, entender, sentir y moverse por el edificio. Y todo porque la clientela, los viajeros, empiezan a mirar el hotel como un destino turístico en sí mismo. Exigen que el hotel les emocione. Les provoque. Les seduzca. Ofrezca nuevas experiencias. Abra sus puertas a los cinco sentidos.

Tales han sido las conclusiones de la primera jornada de reflexión sobre arquitectura hotelera que se ha celebrado este lunes 26 de marzo en mi residencia particular del norte de Palencia. La idea de celebrarla se debió precisamente a su singularidad arquitectónica, destacada en la portada de la revista Diseño Interior del pasado mes de diciembre. Atraídos por la espectacularidad de las imágenes, Ferran Adrià y Juan Mari Arzak vinieron a verme en compañía de sus esposas para festejar la Nochevieja y me sugirieron, frente a las sembraduras que enmarcan los alrededores de Aguilar de Campoo, que organizara unas tertulias sobre el futuro de la hotelería en España a la vista de lo que allí mismo se había construido. Seguro que la contemplación de esta ruina habitada, símbolo de la vanguardia rural, les inspira alguna idea para construir los hoteles rurales del siglo XXI, me confió el chef de El Bulli.

Dicho y hecho. A la convocatoria de participar en este evento se suscribieron más de 300 establecimientos hoteleros, lo que me obligó a fragmentar esta densa lista en pequeños grupos más propensos al debate y mejor instalados en el interior de lo que no deja de ser una vivienda particular. El primero, dedicado a los hoteles rurales de lujo, ha estado formado por Judit Planella, propietaria del hotel que más impacta hoy en el mundo por su arquitectura: Les Cols, en Olot; Piers Dutton y Jemma Markham, propietarios de la Torre del Visco, un hotel de la marca Relais & Châteaux en la provincia de Teruel; Juan e Isabel Clavero Fernández de Córdoba, dueños del Molino del Arco, en las cercanías de Ronda; Manolo Santullano, que posee un hotel sobre un acantilado en la costa asturiana, la Torre de Villademoros; Ángeles Fuertes y su hija Sara, propietarias del Mas de Canicattí, casa madre de una plantación de naranjos de 52 hectáreas, en las proximidades de Valencia; Eugenio Sánchez Bermejo, artista plástico y dueño del Palacio de la Serna, en La Mancha; Carlos Camarena, gerente de la bodega-hotel Pago del Vicario, en las proximidades de Ciudad Real; Roger Vallès y César Sancho, propietario y director del recientemente inaugurado hotel-bodega Can Bonastre Wine Resort, en Masquefa, Barcelona; José Manuel Piña, director de El Rodat, un hotel adscrito a la marca Small Luxury Hotels of the World, en Jávea; Begoña Moral, propietaria de El Convento de Mave, cerca de Aguilar de Campoo, encargada junto a su hermano Nacho Moral de la logística de esta jornada; Rafael Fernández Bermejo, editor de la revista nacional Diseño Interior; y el matrimonio formado por Teresa Dorn y Francisco S. Rico, dueños de El Milano Real, un hotel gastronómico en la sierra de Gredos que, muy generosamente, ofreció a los participantes un desayuno de los sentidos, aún en fase experimental, durante la mañana del martes 27. También asistió a los debates el arquitecto Jesús Castillo Oli, autor de La Ruina Habitada, la casa de un servidor.

La repercusión del evento atrajo el interés de varios hosteleros de la comarca y del Delegado de la Junta de Castilla y León en Palencia, José María Hernández, quien saludó a los participantes y les instó a desarrollar nuevos emprendimientos hoteleros en la montaña palentina.

En la presentación, Castillo Oli subrayó que «la arquitectura tiene que provocar a los sentidos. Ahora el viaje apunta a un destino primordial, el hotel, para ver qué sensaciones nos produce. Una arquitectura al servicio de los hoteles que rompe con los espacios tradicionales y crea otros más sugerentes que requieren un nuevo aprendizaje para interpretarlos, para utilizarlos». En esta línea argumental, un servidor sostuvo que el arquitecto debe acometer el esfuerzo de conocer bien el terreno que pisa, comprender el negocio hotelero y mantener una relación de complicidad con el emprendedor que requiere sus servicios. Las intervenciones se centraron desde el principio en la arquitectura como una baza clave en los próximos años para atraer a los viajeros hacia los hoteles singulares. Pero, antes que un discurso arquitectónico, el hotel necesita definirse con toda su carga filosófica, toda su capacidad de enamoramiento. Hay mucha gente capaz de realizar un largo desplazamiento si el hotel promete que va a vivir una experiencia excitante, sorprendente, novedosa. A veces, el problema estriba en la velocidad de los cambios, en la extraordinaria transformación de los gustos, lo que hace que se pasen de moda algunas de las propuestas del diseño hotelero formuladas en los últimos años. Claro que hay tanta arquitectura como viajeros. Cada mochuelo escoge el color, la forma, de su olivo.

De nuevo, Ferran Adrià inspiró el debate. Si cenar en El Bulli constituye toda una provocación para los sentidos (esferificaciones, reconstrucciones, espumas, aires, humos nitrogenados y hasta jamones virtuales), el acto del dormir, el desayunar o simplemente deambular por el hotel debería excitar la vista, la pituitaria, los oídos y tacto con objetos y texturas de ars arquitectónica. Así se puede lograr una verdadera comunión entre el arquitecto o diseñador, la arquitectura o el diseño, y el huésped del hotel. El reto, a partir de este matrimonio, consiste en hacer rentable la propuesta y someterla a la dura realidad del cuadro de gestión.

Otra consideración mereció el obstáculo que la actual normativa de alojamientos turísticos supone para tan altas pretensiones arquitectónicas. Con frecuencia, el imperio de la ley promueve la jungla de la horterada. Y es difícil que los actuales planeadores urbanísticos, formados en las escuelas del siglo XX, acepten proyectos arquitectónicos del siglo XXI que no comprenden, por mucho arquitecto estrella que los firmen. Frente a la evolución del concepto spa y su inserción en el espacio del dormitorio, la normativa sigue imponiendo el bidé, la bañera y hasta la anchura de los pasillos.

¿Qué puede hacer la arquitectura por los hoteles? Desde luego calcular bien el rendimiento de las instalaciones, diseñar los espacios para que el fluido del personal de servicio sea ágil y eficiente, optimizar los consumos energéticos y perseguir la sostenibilidad de su funcionamiento, procurar la comodidad máxima de los huéspedes. Pero también debe proponer nuevas reglas al arte de recibir cambiando, por ejemplo, el concepto de recepción. Frente al tradicional mostrador de recepción se puede recibir a la clientela en otro espacio menos administrativo, más lúdico o convivencial. En un edificio histórico se deberían aprovechar los espacios muertos, esos rincones inspiradores, para generar guiños sensoriales, volúmenes imprevistos, lugares de encuentro o meditación, planos para la imaginación. La indefinición del espacio, como ocurre en los pabellones de Les Cols, es una ventaja para descubrir durante la estancia nuevos detalles cada día. «Los espacios perdidos son aquí espacios recuperados», proclama el arquitecto de La Ruina Habitada.

miércoles, 14 de marzo de 2007

El valor de una sonrisa


Lo he conseguido, ¡eureka! Después de una semana por los hoteles y las estaciones de esquí de Bulgaria, he logrado lo que parecía imposible y muy frustrante. He arrancado una sonrisa a la recepcionista del hotel Villa Roka, lo último en diseño en Bansko, que es como decir la vanguardia minimalista de los años ochenta en la Europa próspera.

Me ha costado, la verdad. No me considero gracioso, ni mucho menos chistoso, sobre todo cuando me obligan a balbucear algunas palabras en búlgaro. Pero hoy le he echado mucha imaginación, y unos cuantos gestos bufos, a la chica que me atendía frente al mostrador. Me placía simplemente saludar y ser correspondido con unos buenos días, no más. Ella, cual estatua, no descomponía su figura siquiera para entregarme las llaves de la habitación. Me hizo incluso dudar de que yo fuera alguien de carne y hueso, no una ilusión virtual. Me hizo sentirme transparente, y tampoco tengo edad de Houdini. Me hizo pensar que acaso adolecía de ceguera, si no de mudez y, para nada, de estulticia.

Al fin y al cabo, ella no era muy diferente a las demás. Mujeres de facciones canónicas, de cuerpos estilizados, de miradas penetrantes. Así parecen ellas, las mujeres búlgaras, bellísimas como no las he visto en otros países de nuestro hemisferio. Muy distintas de ellos, hoscos, inhóspitos y rudos como los guerrilleros legendarios de los Balcanes. Hombres de trato difícil y primitivo, digamos algo inadecuados para dar la cara al frente de un hotel. No sé aún si es que lo llevan en su sangre eslava o si sufren la herencia de aquel campo de concentración en el que sobrevivieron durante medio siglo de hegemonía estalinista.
Por eso he saltado de júbilo esta mañana en Bansko. Tras apurar una mueca hasta expresar lo máximo que sé de dulzura humana sin que suene a cuchufleta, mi pánfila Stefka ha torcido el gesto y he podido adivinar en una ínsula rosada de su mejilla el hoyuelo insondable y seguramente poco ensayado de una sonrisa. Esta tarde intentaré el non plus ultra con esta chica: que se le iluminen los ojillos al esbozar nuevamente, si accede, una sonrisa. Quiero que entienda que no solamente ella embellecerá, sino que sus clientes, nosotros, los huéspedes de su hotel, nos sentiremos mejor acogidos de esta sencilla manera.

A veces me preguntan cuál es el nivel de calidad de los hoteles en España en comparación con los de otros países de nuestro entorno. Siempre he respondido que, en general, muy bueno. Ahora, en Bulgaria -país periférico a nuestro entorno, pero socio comunitario desde el pasado 1 de enero-, he aprendido que además de la bondad de unas instalaciones y unos servicios de acogida, la categoría de hotel se adquiere también con la empatía que provoca en los viajeros un/una recepcionista sonriente. Alguien me podrá advertir de que la gestualidad es una divisa de ciertas culturas y no de otras. Pero a mí me han sonreído en el África hambrienta, en la abastecida América, en la desértica la Patagonia, en las calles de Pekín y hasta en el Indostán.
Creo que sonreír es una regla básica de la hospitalidad.

lunes, 5 de marzo de 2007

Estar en equilibrio frente a los Alpes


Claudia Sampl, sabedora de mi afecto por los hoteles de diseño tanto como por ella, me avisa de la apertura de un cromático y reconstituyente spa en la estación tirolesa de Zell am See, Austria. Frente a las montañas que tantas veces hemos zigzagueado ambos sobre esquís enciende ahora su geométrica fachada el Mavida Balance Hotel & Spa, como una linterna mágica en la noche alpina. Le prometo que iré a verlo pronto, no sé si por la rutilante pinta de luciérnaga diódica que tiene el establecimiento o por compartir de nuevo con ella las pistas gosipinas del glaciar de Kaprun.

Observo que lo suyo, como buena funcionaria de carrera, es más el manejo de datos empíricos que la entelequia arquitectónica de lo que tiene ante sus ojos. El edificio es obra del arquitecto Niki Szilagyl, cuyas intervenciones en la zona se reducen al ámbito privado residencial. Casamilano, Flos, Dornbracht y otras marcas conocidas del diseño y la decoración firman el interiorismo, especialmente sensible en el tratamiento de la luz natural y la iluminación halógena y de xenón. La artista plástica Jutta de Bock aporta al conjunto algunas de sus mejores creaciones en madera y alfar con barro extraído del lago Zell am See.

Lo mejor del hotel, me cuenta, es la instalación termal con vistas a las montañas. Y, en ella, el denominado Floatarium, que es una especie de baño en agua salada que hacer flotar los cuerpos como en el Mar Muerto. Una experiencia próxima al watsu chino, pero balancing total. Vale, ¿y qué es el watsu y qué el balancing? El primer término lo hemos definido en el diccionario wellness que publicamos el año pasado en el diario El País y en Notodohoteles.com. En cuanto al segundo concepto, relativo al equilibrio, toca todos los palos de la puesta en forma: física, espiritual, melódica, sensorial y hasta escultórica. ¿Se entiende?
Servus Austria!

miércoles, 14 de febrero de 2007

Hoy no es un día de San Valentín cualquiera


Odio la televisión en estéreo. Acabo de sufrirla durante un momento en la Posada de los Pantanos, adonde he recalado en uno de mis habituales viajes de inspección por la geografía española. Ya sabes, entras en la habitación (El Espliego) y, sin perder tiempo, echas un vistazo a lo esencial: el kit cosmético, la temperatura ambiente, la calidad arquitectónica, las flores secas depositadas sobre el cubrerradiador, te lavas las manos, te enjuagas la cara, compruebas la textura de las toallas, te balanceas en la cama, compruebas la tensión del colchón, el apresto de las sábanas, te quitas el chaleco -hace calor y esto no es una escuela de valor-, tropiezas con el aparatoso dosel... ¡en una habitación abuhardillada!, te bebes el Benjamín que amablemente te sirve en bandeja la posadera -sin franquear la puerta, naturalmente- y ya, pasados unos minutos, te entretienes con el mando a distancia, ¡zap!, a pasar canales, hasta que te paras en uno lleno de color y de vida, como en los anuncios de Renault.

De repente, un extraño efecto estereofónico hace reverberar las paredes, vuelve el aire tremante. Un sonido dual no muy distinto al de los primeros elepés de los Beatles, aunque sí redundante y machacón, de eco impreciso, atropellado. Comprendo entonces el desvarío auditivo. Mis vecinos de dormitorio tienen el televisor encendido y sintonizado en el mismo canal que el mío. ¡Oh, sí, una horrísona coincidencia! Que la voz de John Lennon te llegue con reverberación tiene un pase, pero la de Eva hache... Eso no lo trago. Doy un respingo sobre el canapé y de un clic apago la caja (¿tonta?) doblemente parlanchina. Que se quede sola Eva con sus monólogos, y perdón por este desamor mío.

«Cari, junta más las piernas, por Dios». Juro que acabo de oirlo a través de la pared, y no parece pardiez el mismo timbre Hache de voz. «Hago lo que puedo, amor», escucho a continuación con cierto rubor masculino. En esta ocasión tampoco parece que las palabras hayan sido pronunciadas por el enviado especial Javier Coronas. ¡Zumba, zumba, zumba...! No, no debe de ser un Flex, ni mucho menos un Tempur, ni siquiera un Pikolín. Suena -que algo sé de colchones- a un Mercury Servi Sueños Sistemas de Descanso. «Ay, Gordi, espera, que aún no me viene». ¡Zumba, zumba...! «Tú sigue y no te pares». ¡Zumba...! «Hoy se ha presentado el borrador de la Estrategia Española contra el Cambio Climático. Ya sé que estrategia y española en la misma frase queda rarete...» ¡Zumba! «Más deprisa, Cari, más deprisa». ¡Zumba, zumba...! «Yo entiendo que lo del cambio climático es grave, pero anda que no tiene que llover para que puedas ir en barco por la calle...» ¡Zzzzzz! «¡Uuuuuf!» «¡Brrrmm!» «¡Aaaag!» «Oh, sí, Cari, más, más...» «¡Oooooooh!»

Ha sido un polvo en toda regla, y no precisamente retransmitido por televisión.

Es lo que tiene eso del encanto, que muchos creen encantador el simple hecho de reconstruir una casa vieja «conservando la antigua estructura de piedra, las vigas de madera, la rejería de sus ventanas y balcones, testigos de excepción de la plaza Mayor y del embalse de Entrepeñas», como reza el folleto de presentación de la posada antes mencionada. Solo que antaño vivía en ella una familia y hoy no tienen por qué compartir sus intimidades los huéspedes alojados en sus deficientemente insonorizadas habitaciones. Especialmente si no han sido invitados al festín nupcial.

En la apoteosis final habría aplaudido a mis jóvenes vecinos de cuarto por la lección de arte amatoria impartida en toda la posada con sus jadeos y sus espasmos cariñosos. Les habría aplaudido de no tener que reprochar su mal gusto en la ambientación del apetito sexual con la tele encendida como rumor de fondo.

domingo, 4 de febrero de 2007

Oda al vino, Omar Khayyam


¿Por qué vendes tu vino, mercader?
¿Qué pueden darte a cambio de tu vino?
¿Dinero? ... ¿Y qué puede darte el dinero?
¿Poder? ... ¿Pues no eres el dueño del mundo
cuando tienes en tus manos una copa?
¿Riqueza? ... ¿Hay alguien más rico que tú,
que en tu copa tienes oro, rubíes, perlas y sueños?
¿Amor? ... ¿No sientes arder la sangre en tus venas
cuando la copa besa tus labios; no son los besos del vino
tan dulces como los más ardorosos de la hurí?
Pues si todo lo tienes en el vino, dime mercader:
¿por qué lo vendes?
Poeta, porque haciendo llegar a todos mi vino,
doy poder, riquezas, sueños, amor...;
porque cuando estrechas en tus brazos a la amada,
me recuerdas;
porque cuando quieres desear felicidad al amigo,
levantas tu copa;
porque Dios cuando bendijo el agua la trasformó en vino,
y porque cuando bendijo el vino se trasformó en sangre...
Si te ofrezco mi vino, poeta... ¡No me llames mercader!

martes, 30 de enero de 2007

Una geografía delirante en Fitur

Se puede decir más alto y más claro, pero no con mayor elegancia. El artículo de opinión escrito por Antonio Muñoz Molina el pasado sábado y publicado en El País es rotundo en la certificación facultativa del estado de delirio que sufre hoy nuestro país. El académico de la Lengua diserta sobre la contaminación delirante del saber y su sustitución por la incesante palabrería opinativa de los medios informativos y de su correa de transmisión, la clase política española. Al revés que antes, la actualidad no trata de las cosas que ocurren, sino de las palabras que se dicen en una geografía tan delirante como la pergeñada en los textos escolares y en los mapas meteorológicos de las televisiones regionales en virtud de los cuales cada comunidad autónoma es una isla rodeada de un gran espacio en blanco y sin nombre o se dilata para abarcar territorios soñados. Como el del País Vasco, que abarca en los mapas Navarra y una parte de Francia. O el de Cataluña, extendido hacia el norte y a lo largo del Levante y por las islas del Mediterráneo. Y también el de Galicia, agrandada por las anchuras atlánticas de la lusofonía y por los confines de niebla de los reinos celtas.


Pero ahí no queda la cosa. El autor de El jinete polaco sospecha que en cuanto los cerebros de su tierra natal se reseteen el parte del tiempo de Canal Sur puede estirarse hasta Bagdad.

Sí, porque los dignatarios de nuestras nuevas taifas cultivan un delirio grandioso de política internacional, y viajan por el mundo con séquitos más propios de sátrapas que de gobernantes democráticos, con jefes de prensa y de protocolo, con asesores, con pensadores áulicos, con periodistas, con fotógrafo de corte y cámaras de televisión, sostiene sin lisonja Muñoz Molina. Y añade algo que nos resulta muy familiar a quienes viajamos por el mismo vector de la carretera: se alojan -los dignatarios- en los mejores hoteles y gastan el dinero público con una magnanimidad de jeques petrolíferos. Viajan con el pasaporte de un país cuya existencia niegan y utilizan los servicios diplomáticos y consulares de un Estado al que no se consideran vinculados por ninguna obligación de lealtad, y aseguran que el motivo de tales viajes es la promoción internacional de sus respectivas patrias, provincias, principados o reinos. Obtienen, es verdad, una gran cobertura mediática, si bien no en los periódicos del país en el que esperan promocionarse, sino en los de la comunidad o comarca de origen, en la que todo el mundo parece aceptar sin sospecha el delirio de los resultados provechosos del viaje, así como la cuantiosa inversión necesaria para que sus excelencias celebren en Nueva York o en Melbourne una mariscada suculenta de la que habrían disfrutado lo mismo sin marcharse tan lejos, o hagan declaraciones a la televisión autonómica o al diario local a seis mil kilómetros de distancia.

Tal fantasía vivirán -viviremos- esta semana quienes asistan a la vigésimo séptima edición de la Feria Internacional del Turismo (Fitur 2007), en Madrid. Un delirio tremendo.

miércoles, 24 de enero de 2007

El spam del zar


De un tiempo a esta parte, el trabajo de un periodista se ha convertido en una peripecia digna de Miguel Strogoff, la novela de Julio Verne. Como el correo del zar, el actual mensajero de la noticia debe sortear vericuetos y no pocas dificultades a través del mapa siberiano de la comunicación. Un relieve farragoso, exasperante, sembrado de agencias de imagen corporativa e intermediación.

Digo esto porque la invasión de virus informáticos que sufre mi buzón de correo electrónico es una merendilla comparada con el spam propagandístico disparado por los actores turísticos -léanse hoteles, líneas aéreas, turoperadores- a través de sus departamentos de prensa y agencias de comunicación. Cualquier argumento seudoperiodístico es suficiente para bombardear mi bandeja de entrada, tanto si el mostrador de recepción ha cambiado de nombres como si el hotel organiza unas consabidas jornadas gastronómicas. Y no olvidemos la cantidad de premios turísticos que se reparten a lo largo del año, los más promovidos por la Villaldea de turno.

Pero lo verdaderamente abrumador es la carga de caballería organizada en los últimos años por las consultoras turísticas e inmobiliarias que, a cambio de renombre -que hablen de mí, aunque sea mal-, pontifican sobre los hábitos y preferencias de consumo a raíz de encuestas siempre parciales realizadas con fines publicitarios más que informativos. La última pretende hacerme creer que Riu es la cadena vacacional más recomendable para las agencias de viajes españolas, según el estudio realizado por la firma consultora THR a través de los representantes de 401 agencias de toda España en octubre de 2006. Apunta la nota de prensa que «los encuestados destacaron como las principales ventajas, por orden de importancia, la calidad de servicio, la excelente gastronomía, la buena ubicación de los hoteles, la atractiva relación calidad-precio y la fiabilidad de los hoteles Riu». Una nota que suscribiría cualquier cadena u hotel que se precie, naturalmente.
El titular es, insisto, lo más llamativo: Riu es la cadena vacacional más recomendable para las agencias de viajes españolas. Claro que si el dato lo aportan 401 encuestados y el directorio de agencias está constituido por unas 7.000 rúbricas cabe deducir que este titular lo sostiene únicamente el 5,7 por ciento de la intermediación turística en España. Eso es evidente, pero lo que queda siempre en la retina es el titular.

La Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) sostiene que dos de cada tres convocatorias de prensa son inútiles y que la sobreabundancia de comunicación resta tiempo para la información. La saturación de notas a menudo irrelevantes o de puro márketing es uno de los males endémicos del periodismo, que actúa de simple corrrea de transmisión de los poderes fácticos y aparece en consecuencia minusvalorado ante la sociedad. Se difunde información poco fundada y depende en exceso de fuentes interesadas. Nos afecta un claro déficit de documentación. Los medios son redundantes y muy similares en el tratamiento de la información, tanto que el valor añadido de la actualidad, lo diferencial, no existe. O es pobrísimo.

Este imperio del periodismo notarial y declarativo le haría perder hoy a Miguel Strogoff mucha credibilidad ante Nadia Fedor, su amante lazarillo por la estepa siberiana.

viernes, 19 de enero de 2007

Un corte de alas a la cocina de vanguardia

En 1912, el sastre austriaco Franz Reichelt saltó al vacío desde el primer piso de la torre Eiffel enfundado en un gabán con aspecto de paracaídas. Su vuelo, mortal de necesidad, fue filmado y el testimonio puede verse en YouTube.



Santi Santamaría, provocador ayer en Madrid Fusión, quiso demostrar ante un nutrido auditorio de 600 cocineros y 500 periodistas que volar es sólo para pájaros, como cantaba mi antiguo vecino -hoy difunto- Hilario Camacho. El chef catalán defendió el carácter escatológico de la buena cocina porque «la única verdad que cuenta es el producto de la tierra, que sale de los fogones al plato, de ahí a la boca del cliente y luego se defeca, pues sin una buena defecación no hay una gran cocina». El argumento hizo levantar al público de sus asientos y provocó una larga ovación cuando arremetió contra algunos compañeros de profesión «que pierden la honradez» por flirtear con la vanguardia. Luego acusó, sin señalarlos, a Ferran Adrià y a Juan Mari Arzak por tenerlo arrinconado en el pedestal de la fama y no haber querido hacerse una foto con él en más de una ocasión. «Somos una pandilla de farsantes que trabajamos para distraer a ricos y snobs vendidos a la puta pela», concluyó.

Que me perdone el bueno de Santi, pero yo no me pongo de pie ni le aplaudo por confundir el vuelo de un gavilán con el de un mirlo blanco. Nada tiene que ver el culo, hablando de defecaciones, con las témporas. Y él los enreda en su vuelo celestial a favor de una cocina «artesana y humilde que charla con los pescaderos, los que venden la verdura y los que matan la res», según proclamó con toda la demagogia de la que es capaz un resentido de la modernidad. Todos sabemos que para viajar por las estrellas alguien ha tenido que estrellarse antes desde los 57 metros del primer piso de la torre Eiffel. La experimentación tiene sus riesgos, en el paracaidismo y en la cocina. Y, como en cualquier otra actividad humana, conviene mirar hacia adelante aunque de vez en cuando haya que volver la vista atrás.

Esta actitud progresista, sin perder el contacto con la tierra, había sido defendida ya en el enunciado de Madrid Fusión 2007 por Ferrán Adriá, Juan Mari Arzak, el japonés Seiji Yamamoto y el francés Frederic Baus, que propugnaron una vuelta a la naturaleza desde una posición menos mística que la del cocinero Santamaría. La defensa de la materia prima no empece su evolución tecnológica, como el laboratorio no extingue la huerta. ¿O es que el dueño de Can Fabes piensa que sus fogones no transforman la cualidad organoléptica del pichón y las coles que cocinaron sus jefes de cocina en la platea del evento madrileño? ¿Acaso no es tecnología lograr el punto de cocción de los cebollinos? ¿No sabe que la patata pertenece a nuestro terruño sólo a partir del siglo XVI? ¿Qué falso prejuicio estético impide que los ingleses puedan cultivar su propio viñedo en las frías landas de Albión? En honor de la tradición se hincha a reventar el hígado de las ocas y a los gansos de Lekeitio se les estira el gaznate hasta desmocharlos. He asistido alucinado a la matanza ancestral del cerdo y no me ha parecido que sus chillidos agónicos fueran más defecantes que el caviar de aceite de oliva esferificado en alginato, ni que una cáscara de huevo con leche de coco pasada por nitrógeno líquido en el taller de El Bulli.

Más inteligente y visionario, Ferran Adrià centró su intervención en la reivindicación del producto y en la necesidad de conocerlo y analizarlo científicamente para después mejorar su técnica de manipulación. Reivindicó la nobleza de elementos tan sencillos como la semilla del tomate, el pimiento, el solomillo del melón (lo más próximo a su semilla) o la parte blanca del limón con la que hizo un puré. En la misma línea, el británico Heston Blumenthal -tres estrellas Michelin en su restaurante The Fat Duck- hizo una performance insólita mediante un montaje cinematográfico de dibujos animados que debía verse con gafas 3D y despertó los sentidos de los asistentes a través de un viaje mágico a la infancia, lo que podría denominarse unas ilusiones culinarias. «Comer es una experiencia emocional en la que deben intervenir todos los sentidos», subrayó tras advertir que «en Europa nadie va a un restaurante para alimentarse, sino para divertirse comiendo».

Exactamente igual que en una habitación de hotel, vengo sosteniendo desde hace unos años. Pagar lo que se paga por una estancia en un hotel con encanto o por una mesa en cualquiera de los tres restaurantes que regenta Santi Santamaría sólo se justifica desde el firmamento donde titilan los sueños, en un viaje sideral al espacio de las emociones, las sorpresas y las experiencias sensoriales. Y el catalán, laureado con tres estrellas Michelin, debería saberlo. Su último restaurante, Evo, corona a guisa de platillo volante los 105 metros del hotel Hesperia Tower de Barcelona, bastante alejado de la tierra que dice pisar y a mayor altura todavía que la elegida por el inventor Franz Reichelt en su vuelo mortal.

Además de nacer, alimentarse, reproducirse y salir defecado de este mundo, el hombre siempre ha querido volar como los pájaros.

martes, 9 de enero de 2007

Lexus, Nexus, Plexus

Salgo ahora pitando para los Alpes con intención de quitarme el mono de la nieve, que estamos bien entrados en enero. Perdón, no salgo pitando, sino despacio y con el cinturón de seguridad puesto, como un ciudadano responsable, cumplidor de las normas, nada inclinado a dejarse la piel sobre el asfalto. Mil seiscientos kilómetros por delante. Paraditas cada dos horas. Nada de alcohol en la sangre. Y pied à terre por unas horas en un hotel Formule 1, ya en Francia.


Veremos cuántos puntos me quitan, es la pregunta que necesariamente me hago cada vez que agarro el volante. O sea, todos los días. Con conciencia, eso sí, de que nuestros servidores públicos, con sus radares, velan por que llegue con vida a mi destino. Viven una anacrónica euforia por la drástica disminución en el número de muertos en la carretera registrada durante el pasado ejercicio, más de un 10% menos con respecto a 2005. Lo comentaba estos días el director general de Tráfico: el balance de la seguridad vial en 2006 ha sido muy bueno. ¡Qué bien, 3.016 muertos y le parece estupendo!

Aunque el descenso en víctimas mortales se viene produciendo con notoriedad desde 2003, antes de que fuera impuesto el carné por puntos, no voy a negar que esta iniciativa está siendo disuasoria para numerosos conductores que antes se lanzaban a la carretera como quien se da un chapuzón de verano en la piscina. Probablemente signifique un toque de atención para quienes utilizan el coche en desplazamientos cortos, el simplemente darse una vuelta, sin mucha conciencia de que 'la vuelta' es para tomarse una copa y luego hay que volver a casa. Desconozco la estadística de muertos en viajes largos y, menos aún, la de accidentes sin víctimas. Porque una cosa es segura: el temor a sobrepasar los límites de velocidad y perder puntos nos obliga a conducir más distraídos. Me pasa a mí y a otras muchas personas de mi entorno consultadas en los últimos meses. Conducimos con la vista puesta en el cuentakilómetros y no en la carretera, que es como opino yo que deberíamos conducir. El coche se me dispara en cada cuesta, por lo que estoy más pendiente de frenarlo a la velocidad legal que a la intuitiva de mi condición de conductor. De poco nos sirve ya el saber conducir. Ahora lo más importante es seguir las indicaciones. Somos más autómatas. Tomamos menos decisiones. Y, como en tantas otras esferas de nuestra vida, cedemos una parcela de libertad a la urbanización de lo público.

En consecuencia, he aceptado el ofrecimiento de un amigo y en breves minutos me voy a apretar el cinturón de un Lexus RX400 con navegador, avisadores acústicos, cámara de vídeo trasera y control de velocidad de crucero. Pulso un botón y, ¡ding!, velocidad fijada a 120 km/h. ¿O son 110 km/h? No, no, aquí pone 100 km/h... Autovía hasta los Alpes con los pies fuera del tiesto. Por ley, así he de sentirme seguro.

Estoy completamente de acuerdo con el director general de Tráfico. La velocidad puede matar, como el tabaco. Es obvio que sin coches no habría accidentes de tráfico. Pero yo prefiero la velocidad sensorial de un buen conductor a la que, por norma, nos permite echar una partida de naipes al volante. Me parece una imprudencia mayor. Y considero injusto que pierda los mismos puntos el que conduce un kilómetro diario y el que conduce mil.

Salgo ahora pitando para los Alpes y sé que, al menor descuido, seré cazado por un radar.

lunes, 1 de enero de 2007

El año de Rumanía y Bulgaria



Dos nuevos países se acaban de incorporar a la Unión Europea: Bulgaria y Rumanía. En los tristes años de la dictadura del proletariado, cuando la principal razón de estado era la molturación de atletas con esteroides para fines propagandísticos, ambas naciones satélites de la Rusia soviética gozaban de un turismo incipiente que atraía fundamentalmente a los europeos del Este y a los mediterráneos menos prósperos, españoles entre ellos. En vuelos chárter, legiones de compatriotas poblaban durante los meses de verano las orillas del mar Negro, cuyo florecimiento turístico amenazaba la complacida industria de Benidorm, Torremolinos, Gandía, Mallorca, Playa de las Américas y otros destinos consolidados de nuestras costas peninsulares.

Un día amanecimos sin muro en Berlín y, en lugar de la porcelánica Nadia Comaneci, la retina se nos llenó de sangre, pólvora y lodo con los cuerpos del matrimonio Ceaucescu despanzurrados en una ciénaga. Cayó el mito que divinizaba a las clases obreras en el paraíso del turismo de masas. Desde entonces, polvo, sudor y hierro en el mar Negro.

Mañana, el bolsillo de Bruselas devolverá la primavera al país de las mil flores y Drácula saldrá del ataúd sin la estaca clavada en su tercer espacio intercostal. El turismo favorecerá la apertura de estos dos países al mundo y sus hoteles recuperarán su utilidad económica y cultural. Allí, como antes aquí, habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra mejor preparada para la modernidad. La ciudadanía europea sigue ensanchando sus fronteras.

Bienvenidas, Bulgaria y Rumanía, al continente de la libertad.