Mis viajes de hotel en hotel suponen a veces una dura penitencia. Castigo de Dios por haber sido tan malévolo en las críticas semanales de El País. Estos días me han llevado desde las lluviosas cumbres asturianas hasta el yermo vallisoletano del Duero, pasando por el puerto del Escudo y rozando las agujas de la catedral de Burgos. No he visto muchos molinos esta vez, pero sí quijotes de cartón piedra en abundancia. De esos que cabalgan sobre Incitatos creyendo arrear a Rocinantes. Ainsi soit-il, que dicen nuestros vecinos del norte mientras se persignan como muchos de los hoteleros con los que me he ido topando, amigo Sancho.
Salí de una suculenta perorata con Carlos Bueno, propietario de La Montaña Mágica, cerca de Llanes, a quien no veía desde hace 12 años y que siguen gozando de una envidiable esbeltez gracias a la curtimbre de lo rural. Le flanqueaban dos guajes con rostro de pillos y ademanes tan intelectuales como los de su abuelo, el egregio filósofo Gustavo Bueno. En ellos estaría pensando cuando me reveló sus dudas acerca de un nuevo proyecto de ampliación del negocio, visto lo que bien que le trata la vida y lo mal que la ha aprovechado al edificar un complejo rural impostado de casona asturiana, casería vasca y burgo provenzal. En una atalaya privilegiada como ésta de 12 hectáreas sobre los Picos de Europa deberías haber construido un hotel idílico, modélico, socrático y bucólico como las églogas de Virgilio, querido Carlos, por Dios o por Juan del Encina, y no ese remedo con bañeras dobles de hidromasaje, frazadas mexicanas, sobrecillos de hostal rústico y muebles de Todo a Cien. Cuán pocos aleros y cuántos menos paramentos habían bastado para hacer feliz a Thomas Mann en su evocación de tu hotel en el nosocomio de Davos. ¿O no, señor Bueno?
Altas torres han caído, pero las casonas y posadas de Cantabria siguen erre que erre con su carácter informe, su arquitectura deforme y ese invariable empecinamiento en ser lo que nunca fueron y parecer lo que tampoco son. Me refiero a la medianería de abolengo hostelero que he ido encontrando entre las piedras del camino: Los Cautivos, Posada de Cosgaya, Casonas de Salceda y Hermosa… Menos mal que las viandas en el Hostal del Oso compensan el déficit de arquitectura de los sentidos que he sufrido esta semana a lo largo de la cornisa cantábrica. Generación a generación, los Rivas encumbran la hostelería montañesa frente a tanto desatino.
Atinar al blanco del termalismo en boga es lo que les ha faltado a los emprendedores que han destrozado la faz del antiguo Balneario de Solares. Su reconversión impostada del Gran Hotel duele a la vista, al alma y también al plexo solar. Nada más entrar por el chaflán dejas de respirar 13 veces por minuto, que es lo que la fisiología humana acostumbra cuando no sufre espasmos. ¿De verdad hacían falta tanta pasamanería dorada, tanta yesería en bajorrelieve, tanta columna dórica, tanta lamparita frufrú? Todo por mojarse en agua mineral. Una pena porque el dormir ahí es cómodo y el cenar, una finura a la que nadie debería renunciar.
Pero el viaje de las imposturas no acaba aquí. ¡Qué puedo decir de Burgos que no haya dicho ya de Cantabria! La pátina del hotel Velada, en la capital burgalesa, es más falsa que un Judas. La nobleza del Rice viste de paje a un marqués. Y los sillares del Landa proceden de otros desiertos esta vez sí que lejanos cuya monumentalidad se ganó por arte de birlibirloque. Hasta llegar al culmen de la cursilería medieval en Castilla: el recién inaugurado Castillo de Curiel, frente a los importantes pagos vitícolas de Peñafiel. Puede que Thomas Mann no dijera mú, pero seguro que la reina Doña Urraca se revolvería en su tumba. ¡Sacré Bleu con esta impostura! Si no quedaban más que tres piedras de aquel castillo roquero del siglo XI y hoy el hotel parece un juego de fichas Lego armado sobre sus ruinas… Y qué estupor de piedras adentro. Su feliz propietario lo ha colmado de muebles falsos de época, pero no de la época castellar, sino del rococó versallesco y el hispano musulmán de los zocos magrebíes. Aún me queda pasar la noche en él, así que no diré nada más, pues las máscaras de carnaval veneciano que decoran la fruslería de espejo encima de la escribanía isabelina se pueden mofar mucho de mí.
Cuántas mentiras y qué poca arquitectura de los sentidos vividas esta semana de Asturias a Valladolid.
Ejem…, lo confieso: yo, de pequeño, jugaba a Exin Castillos.









