Se puede decir más alto y más claro, pero no con mayor elegancia. El artículo de opinión escrito por Antonio Muñoz Molina el pasado sábado y publicado en El País es rotundo en la certificación facultativa del estado de delirio que sufre hoy nuestro país. El académico de la Lengua diserta sobre la contaminación delirante del saber y su sustitución por la incesante palabrería opinativa de los medios informativos y de su correa de transmisión, la clase política española. Al revés que antes, la actualidad no trata de las cosas que ocurren, sino de las palabras que se dicen en una geografía tan delirante como la pergeñada en los textos escolares y en los mapas meteorológicos de las televisiones regionales en virtud de los cuales cada comunidad autónoma es una isla rodeada de un gran espacio en blanco y sin nombre o se dilata para abarcar territorios soñados. Como el del País Vasco, que abarca en los mapas Navarra y una parte de Francia. O el de Cataluña, extendido hacia el norte y a lo largo del Levante y por las islas del Mediterráneo. Y también el de Galicia, agrandada por las anchuras atlánticas de la lusofonía y por los confines de niebla de los reinos celtas.
Pero ahí no queda la cosa. El autor de El jinete polaco sospecha que en cuanto los cerebros de su tierra natal se reseteen el parte del tiempo de Canal Sur puede estirarse hasta Bagdad.
Sí, porque los dignatarios de nuestras nuevas taifas cultivan un delirio grandioso de política internacional, y viajan por el mundo con séquitos más propios de sátrapas que de gobernantes democráticos, con jefes de prensa y de protocolo, con asesores, con pensadores áulicos, con periodistas, con fotógrafo de corte y cámaras de televisión, sostiene sin lisonja Muñoz Molina. Y añade algo que nos resulta muy familiar a quienes viajamos por el mismo vector de la carretera: se alojan -los dignatarios- en los mejores hoteles y gastan el dinero público con una magnanimidad de jeques petrolíferos. Viajan con el pasaporte de un país cuya existencia niegan y utilizan los servicios diplomáticos y consulares de un Estado al que no se consideran vinculados por ninguna obligación de lealtad, y aseguran que el motivo de tales viajes es la promoción internacional de sus respectivas patrias, provincias, principados o reinos. Obtienen, es verdad, una gran cobertura mediática, si bien no en los periódicos del país en el que esperan promocionarse, sino en los de la comunidad o comarca de origen, en la que todo el mundo parece aceptar sin sospecha el delirio de los resultados provechosos del viaje, así como la cuantiosa inversión necesaria para que sus excelencias celebren en Nueva York o en Melbourne una mariscada suculenta de la que habrían disfrutado lo mismo sin marcharse tan lejos, o hagan declaraciones a la televisión autonómica o al diario local a seis mil kilómetros de distancia.
Tal fantasía vivirán -viviremos- esta semana quienes asistan a la vigésimo séptima edición de la Feria Internacional del Turismo (Fitur 2007), en Madrid. Un delirio tremendo.
De un tiempo a esta parte, el trabajo de un periodista se ha convertido en una peripecia digna de Miguel Strogoff, la novela de Julio Verne. Como el correo del zar, el actual mensajero de la noticia debe sortear vericuetos y no pocas dificultades a través del mapa siberiano de la comunicación. Un relieve farragoso, exasperante, sembrado de agencias de imagen corporativa e intermediación.
Digo esto porque la invasión de virus informáticos que sufre mi buzón de correo electrónico es una merendilla comparada con el spam propagandístico disparado por los actores turísticos -léanse hoteles, líneas aéreas, turoperadores- a través de sus departamentos de prensa y agencias de comunicación. Cualquier argumento seudoperiodístico es suficiente para bombardear mi bandeja de entrada, tanto si el mostrador de recepción ha cambiado de nombres como si el hotel organiza unas consabidas jornadas gastronómicas. Y no olvidemos la cantidad de premios turísticos que se reparten a lo largo del año, los más promovidos por la Villaldea de turno.
Pero lo verdaderamente abrumador es la carga de caballería organizada en los últimos años por las consultoras turísticas e inmobiliarias que, a cambio de renombre -que hablen de mí, aunque sea mal-, pontifican sobre los hábitos y preferencias de consumo a raíz de encuestas siempre parciales realizadas con fines publicitarios más que informativos. La última pretende hacerme creer que Riu es la cadena vacacional más recomendable para las agencias de viajes españolas, según el estudio realizado por la firma consultora THR a través de los representantes de 401 agencias de toda España en octubre de 2006. Apunta la nota de prensa que «los encuestados destacaron como las principales ventajas, por orden de importancia, la calidad de servicio, la excelente gastronomía, la buena ubicación de los hoteles, la atractiva relación calidad-precio y la fiabilidad de los hoteles Riu». Una nota que suscribiría cualquier cadena u hotel que se precie, naturalmente. El titular es, insisto, lo más llamativo: Riu es la cadena vacacional más recomendable para las agencias de viajes españolas. Claro que si el dato lo aportan 401 encuestados y el directorio de agencias está constituido por unas 7.000 rúbricas cabe deducir que este titular lo sostiene únicamente el 5,7 por ciento de la intermediación turística en España. Eso es evidente, pero lo que queda siempre en la retina es el titular.
La Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE) sostiene que dos de cada tres convocatorias de prensa son inútiles y que la sobreabundancia de comunicación resta tiempo para la información. La saturación de notas a menudo irrelevantes o de puro márketing es uno de los males endémicos del periodismo, que actúa de simple corrrea de transmisión de los poderes fácticos y aparece en consecuencia minusvalorado ante la sociedad. Se difunde información poco fundada y depende en exceso de fuentes interesadas. Nos afecta un claro déficit de documentación. Los medios son redundantes y muy similares en el tratamiento de la información, tanto que el valor añadido de la actualidad, lo diferencial, no existe. O es pobrísimo.
Este imperio del periodismo notarial y declarativo le haría perder hoy a Miguel Strogoff mucha credibilidad ante Nadia Fedor, su amante lazarillo por la estepa siberiana.
En 1912, el sastre austriaco Franz Reichelt saltó al vacío desde el primer piso de la torre Eiffel enfundado en un gabán con aspecto de paracaídas. Su vuelo, mortal de necesidad, fue filmado y el testimonio puede verse en YouTube.
Santi Santamaría, provocador ayer en Madrid Fusión, quiso demostrar ante un nutrido auditorio de 600 cocineros y 500 periodistas que volar es sólo para pájaros, como cantaba mi antiguo vecino -hoy difunto- Hilario Camacho. El chef catalán defendió el carácter escatológico de la buena cocina porque «la única verdad que cuenta es el producto de la tierra, que sale de los fogones al plato, de ahí a la boca del cliente y luego se defeca, pues sin una buena defecación no hay una gran cocina». El argumento hizo levantar al público de sus asientos y provocó una larga ovación cuando arremetió contra algunos compañeros de profesión «que pierden la honradez» por flirtear con la vanguardia. Luego acusó, sin señalarlos, a Ferran Adrià y a Juan Mari Arzak por tenerlo arrinconado en el pedestal de la fama y no haber querido hacerse una foto con él en más de una ocasión. «Somos una pandilla de farsantes que trabajamos para distraer a ricos y snobs vendidos a la puta pela», concluyó.
Que me perdone el bueno de Santi, pero yo no me pongo de pie ni le aplaudo por confundir el vuelo de un gavilán con el de un mirlo blanco. Nada tiene que ver el culo, hablando de defecaciones, con las témporas. Y él los enreda en su vuelo celestial a favor de una cocina «artesana y humilde que charla con los pescaderos, los que venden la verdura y los que matan la res», según proclamó con toda la demagogia de la que es capaz un resentido de la modernidad. Todos sabemos que para viajar por las estrellas alguien ha tenido que estrellarse antes desde los 57 metros del primer piso de la torre Eiffel. La experimentación tiene sus riesgos, en el paracaidismo y en la cocina. Y, como en cualquier otra actividad humana, conviene mirar hacia adelante aunque de vez en cuando haya que volver la vista atrás.
Esta actitud progresista, sin perder el contacto con la tierra, había sido defendida ya en el enunciado de Madrid Fusión 2007 por Ferrán Adriá, Juan Mari Arzak, el japonés Seiji Yamamoto y el francés Frederic Baus, que propugnaron una vuelta a la naturaleza desde una posición menos mística que la del cocinero Santamaría. La defensa de la materia prima no empece su evolución tecnológica, como el laboratorio no extingue la huerta. ¿O es que el dueño de Can Fabes piensa que sus fogones no transforman la cualidad organoléptica del pichón y las coles que cocinaron sus jefes de cocina en la platea del evento madrileño? ¿Acaso no es tecnología lograr el punto de cocción de los cebollinos? ¿No sabe que la patata pertenece a nuestro terruño sólo a partir del siglo XVI? ¿Qué falso prejuicio estético impide que los ingleses puedan cultivar su propio viñedo en las frías landas de Albión? En honor de la tradición se hincha a reventar el hígado de las ocas y a los gansos de Lekeitio se les estira el gaznate hasta desmocharlos. He asistido alucinado a la matanza ancestral del cerdo y no me ha parecido que sus chillidos agónicos fueran más defecantes que el caviar de aceite de oliva esferificado en alginato, ni que una cáscara de huevo con leche de coco pasada por nitrógeno líquido en el taller de El Bulli.
Más inteligente y visionario, Ferran Adrià centró su intervención en la reivindicación del producto y en la necesidad de conocerlo y analizarlo científicamente para después mejorar su técnica de manipulación. Reivindicó la nobleza de elementos tan sencillos como la semilla del tomate, el pimiento, el solomillo del melón (lo más próximo a su semilla) o la parte blanca del limón con la que hizo un puré. En la misma línea, el británico Heston Blumenthal -tres estrellas Michelin en su restaurante The Fat Duck- hizo una performance insólita mediante un montaje cinematográfico de dibujos animados que debía verse con gafas 3D y despertó los sentidos de los asistentes a través de un viaje mágico a la infancia, lo que podría denominarse unas ilusiones culinarias. «Comer es una experiencia emocional en la que deben intervenir todos los sentidos», subrayó tras advertir que «en Europa nadie va a un restaurante para alimentarse, sino para divertirse comiendo».
Exactamente igual que en una habitación de hotel, vengo sosteniendo desde hace unos años. Pagar lo que se paga por una estancia en un hotel con encanto o por una mesa en cualquiera de los tres restaurantes que regenta Santi Santamaría sólo se justifica desde el firmamento donde titilan los sueños, en un viaje sideral al espacio de las emociones, las sorpresas y las experiencias sensoriales. Y el catalán, laureado con tres estrellas Michelin, debería saberlo. Su último restaurante, Evo, corona a guisa de platillo volante los 105 metros del hotel Hesperia Tower de Barcelona, bastante alejado de la tierra que dice pisar y a mayor altura todavía que la elegida por el inventor Franz Reichelt en su vuelo mortal.
Además de nacer, alimentarse, reproducirse y salir defecado de este mundo, el hombre siempre ha querido volar como los pájaros.
Salgo ahora pitando para los Alpes con intención de quitarme el mono de la nieve, que estamos bien entrados en enero. Perdón, no salgo pitando, sino despacio y con el cinturón de seguridad puesto, como un ciudadano responsable, cumplidor de las normas, nada inclinado a dejarse la piel sobre el asfalto. Mil seiscientos kilómetros por delante. Paraditas cada dos horas. Nada de alcohol en la sangre. Y pied à terre por unas horas en un hotel Formule 1, ya en Francia.
Veremos cuántos puntos me quitan, es la pregunta que necesariamente me hago cada vez que agarro el volante. O sea, todos los días. Con conciencia, eso sí, de que nuestros servidores públicos, con sus radares, velan por que llegue con vida a mi destino. Viven una anacrónica euforia por la drástica disminución en el número de muertos en la carretera registrada durante el pasado ejercicio, más de un 10% menos con respecto a 2005. Lo comentaba estos días el director general de Tráfico: el balance de la seguridad vial en 2006 ha sido muy bueno. ¡Qué bien, 3.016 muertos y le parece estupendo!
Aunque el descenso en víctimas mortales se viene produciendo con notoriedad desde 2003, antes de que fuera impuesto el carné por puntos, no voy a negar que esta iniciativa está siendo disuasoria para numerosos conductores que antes se lanzaban a la carretera como quien se da un chapuzón de verano en la piscina. Probablemente signifique un toque de atención para quienes utilizan el coche en desplazamientos cortos, el simplemente darse una vuelta, sin mucha conciencia de que 'la vuelta' es para tomarse una copa y luego hay que volver a casa. Desconozco la estadística de muertos en viajes largos y, menos aún, la de accidentes sin víctimas. Porque una cosa es segura: el temor a sobrepasar los límites de velocidad y perder puntos nos obliga a conducir más distraídos. Me pasa a mí y a otras muchas personas de mi entorno consultadas en los últimos meses. Conducimos con la vista puesta en el cuentakilómetros y no en la carretera, que es como opino yo que deberíamos conducir. El coche se me dispara en cada cuesta, por lo que estoy más pendiente de frenarlo a la velocidad legal que a la intuitiva de mi condición de conductor. De poco nos sirve ya el saber conducir. Ahora lo más importante es seguir las indicaciones. Somos más autómatas. Tomamos menos decisiones. Y, como en tantas otras esferas de nuestra vida, cedemos una parcela de libertad a la urbanización de lo público.
En consecuencia, he aceptado el ofrecimiento de un amigo y en breves minutos me voy a apretar el cinturón de un Lexus RX400 con navegador, avisadores acústicos, cámara de vídeo trasera y control de velocidad de crucero. Pulso un botón y, ¡ding!, velocidad fijada a 120 km/h. ¿O son 110 km/h? No, no, aquí pone 100 km/h... Autovía hasta los Alpes con los pies fuera del tiesto. Por ley, así he de sentirme seguro.
Estoy completamente de acuerdo con el director general de Tráfico. La velocidad puede matar, como el tabaco. Es obvio que sin coches no habría accidentes de tráfico. Pero yo prefiero la velocidad sensorial de un buen conductor a la que, por norma, nos permite echar una partida de naipes al volante. Me parece una imprudencia mayor. Y considero injusto que pierda los mismos puntos el que conduce un kilómetro diario y el que conduce mil.
Salgo ahora pitando para los Alpes y sé que, al menor descuido, seré cazado por un radar.
Dos nuevos países se acaban de incorporar a la Unión Europea: Bulgaria y Rumanía. En los tristes años de la dictadura del proletariado, cuando la principal razón de estado era la molturación de atletas con esteroides para fines propagandísticos, ambas naciones satélites de la Rusia soviética gozaban de un turismo incipiente que atraía fundamentalmente a los europeos del Este y a los mediterráneos menos prósperos, españoles entre ellos. En vuelos chárter, legiones de compatriotas poblaban durante los meses de verano las orillas del mar Negro, cuyo florecimiento turístico amenazaba la complacida industria de Benidorm, Torremolinos, Gandía, Mallorca, Playa de las Américas y otros destinos consolidados de nuestras costas peninsulares.
Un día amanecimos sin muro en Berlín y, en lugar de la porcelánica Nadia Comaneci, la retina se nos llenó de sangre, pólvora y lodo con los cuerpos del matrimonio Ceaucescu despanzurrados en una ciénaga. Cayó el mito que divinizaba a las clases obreras en el paraíso del turismo de masas. Desde entonces, polvo, sudor y hierro en el mar Negro.
Mañana, el bolsillo de Bruselas devolverá la primavera al país de las mil flores y Drácula saldrá del ataúd sin la estaca clavada en su tercer espacio intercostal. El turismo favorecerá la apertura de estos dos países al mundo y sus hoteles recuperarán su utilidad económica y cultural. Allí, como antes aquí, habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra mejor preparada para la modernidad. La ciudadanía europea sigue ensanchando sus fronteras.
Bienvenidas, Bulgaria y Rumanía, al continente de la libertad.