martes, 30 de enero de 2007

Una geografía delirante en Fitur

Se puede decir más alto y más claro, pero no con mayor elegancia. El artículo de opinión escrito por Antonio Muñoz Molina el pasado sábado y publicado en El País es rotundo en la certificación facultativa del estado de delirio que sufre hoy nuestro país. El académico de la Lengua diserta sobre la contaminación delirante del saber y su sustitución por la incesante palabrería opinativa de los medios informativos y de su correa de transmisión, la clase política española. Al revés que antes, la actualidad no trata de las cosas que ocurren, sino de las palabras que se dicen en una geografía tan delirante como la pergeñada en los textos escolares y en los mapas meteorológicos de las televisiones regionales en virtud de los cuales cada comunidad autónoma es una isla rodeada de un gran espacio en blanco y sin nombre o se dilata para abarcar territorios soñados. Como el del País Vasco, que abarca en los mapas Navarra y una parte de Francia. O el de Cataluña, extendido hacia el norte y a lo largo del Levante y por las islas del Mediterráneo. Y también el de Galicia, agrandada por las anchuras atlánticas de la lusofonía y por los confines de niebla de los reinos celtas.


Pero ahí no queda la cosa. El autor de El jinete polaco sospecha que en cuanto los cerebros de su tierra natal se reseteen el parte del tiempo de Canal Sur puede estirarse hasta Bagdad.

Sí, porque los dignatarios de nuestras nuevas taifas cultivan un delirio grandioso de política internacional, y viajan por el mundo con séquitos más propios de sátrapas que de gobernantes democráticos, con jefes de prensa y de protocolo, con asesores, con pensadores áulicos, con periodistas, con fotógrafo de corte y cámaras de televisión, sostiene sin lisonja Muñoz Molina. Y añade algo que nos resulta muy familiar a quienes viajamos por el mismo vector de la carretera: se alojan -los dignatarios- en los mejores hoteles y gastan el dinero público con una magnanimidad de jeques petrolíferos. Viajan con el pasaporte de un país cuya existencia niegan y utilizan los servicios diplomáticos y consulares de un Estado al que no se consideran vinculados por ninguna obligación de lealtad, y aseguran que el motivo de tales viajes es la promoción internacional de sus respectivas patrias, provincias, principados o reinos. Obtienen, es verdad, una gran cobertura mediática, si bien no en los periódicos del país en el que esperan promocionarse, sino en los de la comunidad o comarca de origen, en la que todo el mundo parece aceptar sin sospecha el delirio de los resultados provechosos del viaje, así como la cuantiosa inversión necesaria para que sus excelencias celebren en Nueva York o en Melbourne una mariscada suculenta de la que habrían disfrutado lo mismo sin marcharse tan lejos, o hagan declaraciones a la televisión autonómica o al diario local a seis mil kilómetros de distancia.

Tal fantasía vivirán -viviremos- esta semana quienes asistan a la vigésimo séptima edición de la Feria Internacional del Turismo (Fitur 2007), en Madrid. Un delirio tremendo.