miércoles, 28 de marzo de 2007

Jornada sobre arquitectura hotelera


La arquitectura de los sentidos. Éste es el desafío que tienen ante sí los hoteles para asegurar su supervivencia durante los próximos 10 años. No la innovación puramente tecnológica. No la asiatización del lujo, ni la proliferación de servicios. No la puesta en marcha de un spa. No la gestión de los precios. No, en fin, la normalización de sus instalaciones o la implantación de la Q de calidad. Lo que va a marcar la agenda operativa de los hoteles es un cambio en el orden arquitectónico de los hoteles, un nuevo diseño de los espacios, otra manera de percibir, entender, sentir y moverse por el edificio. Y todo porque la clientela, los viajeros, empiezan a mirar el hotel como un destino turístico en sí mismo. Exigen que el hotel les emocione. Les provoque. Les seduzca. Ofrezca nuevas experiencias. Abra sus puertas a los cinco sentidos.

Tales han sido las conclusiones de la primera jornada de reflexión sobre arquitectura hotelera que se ha celebrado este lunes 26 de marzo en mi residencia particular del norte de Palencia. La idea de celebrarla se debió precisamente a su singularidad arquitectónica, destacada en la portada de la revista Diseño Interior del pasado mes de diciembre. Atraídos por la espectacularidad de las imágenes, Ferran Adrià y Juan Mari Arzak vinieron a verme en compañía de sus esposas para festejar la Nochevieja y me sugirieron, frente a las sembraduras que enmarcan los alrededores de Aguilar de Campoo, que organizara unas tertulias sobre el futuro de la hotelería en España a la vista de lo que allí mismo se había construido. Seguro que la contemplación de esta ruina habitada, símbolo de la vanguardia rural, les inspira alguna idea para construir los hoteles rurales del siglo XXI, me confió el chef de El Bulli.

Dicho y hecho. A la convocatoria de participar en este evento se suscribieron más de 300 establecimientos hoteleros, lo que me obligó a fragmentar esta densa lista en pequeños grupos más propensos al debate y mejor instalados en el interior de lo que no deja de ser una vivienda particular. El primero, dedicado a los hoteles rurales de lujo, ha estado formado por Judit Planella, propietaria del hotel que más impacta hoy en el mundo por su arquitectura: Les Cols, en Olot; Piers Dutton y Jemma Markham, propietarios de la Torre del Visco, un hotel de la marca Relais & Châteaux en la provincia de Teruel; Juan e Isabel Clavero Fernández de Córdoba, dueños del Molino del Arco, en las cercanías de Ronda; Manolo Santullano, que posee un hotel sobre un acantilado en la costa asturiana, la Torre de Villademoros; Ángeles Fuertes y su hija Sara, propietarias del Mas de Canicattí, casa madre de una plantación de naranjos de 52 hectáreas, en las proximidades de Valencia; Eugenio Sánchez Bermejo, artista plástico y dueño del Palacio de la Serna, en La Mancha; Carlos Camarena, gerente de la bodega-hotel Pago del Vicario, en las proximidades de Ciudad Real; Roger Vallès y César Sancho, propietario y director del recientemente inaugurado hotel-bodega Can Bonastre Wine Resort, en Masquefa, Barcelona; José Manuel Piña, director de El Rodat, un hotel adscrito a la marca Small Luxury Hotels of the World, en Jávea; Begoña Moral, propietaria de El Convento de Mave, cerca de Aguilar de Campoo, encargada junto a su hermano Nacho Moral de la logística de esta jornada; Rafael Fernández Bermejo, editor de la revista nacional Diseño Interior; y el matrimonio formado por Teresa Dorn y Francisco S. Rico, dueños de El Milano Real, un hotel gastronómico en la sierra de Gredos que, muy generosamente, ofreció a los participantes un desayuno de los sentidos, aún en fase experimental, durante la mañana del martes 27. También asistió a los debates el arquitecto Jesús Castillo Oli, autor de La Ruina Habitada, la casa de un servidor.

La repercusión del evento atrajo el interés de varios hosteleros de la comarca y del Delegado de la Junta de Castilla y León en Palencia, José María Hernández, quien saludó a los participantes y les instó a desarrollar nuevos emprendimientos hoteleros en la montaña palentina.

En la presentación, Castillo Oli subrayó que «la arquitectura tiene que provocar a los sentidos. Ahora el viaje apunta a un destino primordial, el hotel, para ver qué sensaciones nos produce. Una arquitectura al servicio de los hoteles que rompe con los espacios tradicionales y crea otros más sugerentes que requieren un nuevo aprendizaje para interpretarlos, para utilizarlos». En esta línea argumental, un servidor sostuvo que el arquitecto debe acometer el esfuerzo de conocer bien el terreno que pisa, comprender el negocio hotelero y mantener una relación de complicidad con el emprendedor que requiere sus servicios. Las intervenciones se centraron desde el principio en la arquitectura como una baza clave en los próximos años para atraer a los viajeros hacia los hoteles singulares. Pero, antes que un discurso arquitectónico, el hotel necesita definirse con toda su carga filosófica, toda su capacidad de enamoramiento. Hay mucha gente capaz de realizar un largo desplazamiento si el hotel promete que va a vivir una experiencia excitante, sorprendente, novedosa. A veces, el problema estriba en la velocidad de los cambios, en la extraordinaria transformación de los gustos, lo que hace que se pasen de moda algunas de las propuestas del diseño hotelero formuladas en los últimos años. Claro que hay tanta arquitectura como viajeros. Cada mochuelo escoge el color, la forma, de su olivo.

De nuevo, Ferran Adrià inspiró el debate. Si cenar en El Bulli constituye toda una provocación para los sentidos (esferificaciones, reconstrucciones, espumas, aires, humos nitrogenados y hasta jamones virtuales), el acto del dormir, el desayunar o simplemente deambular por el hotel debería excitar la vista, la pituitaria, los oídos y tacto con objetos y texturas de ars arquitectónica. Así se puede lograr una verdadera comunión entre el arquitecto o diseñador, la arquitectura o el diseño, y el huésped del hotel. El reto, a partir de este matrimonio, consiste en hacer rentable la propuesta y someterla a la dura realidad del cuadro de gestión.

Otra consideración mereció el obstáculo que la actual normativa de alojamientos turísticos supone para tan altas pretensiones arquitectónicas. Con frecuencia, el imperio de la ley promueve la jungla de la horterada. Y es difícil que los actuales planeadores urbanísticos, formados en las escuelas del siglo XX, acepten proyectos arquitectónicos del siglo XXI que no comprenden, por mucho arquitecto estrella que los firmen. Frente a la evolución del concepto spa y su inserción en el espacio del dormitorio, la normativa sigue imponiendo el bidé, la bañera y hasta la anchura de los pasillos.

¿Qué puede hacer la arquitectura por los hoteles? Desde luego calcular bien el rendimiento de las instalaciones, diseñar los espacios para que el fluido del personal de servicio sea ágil y eficiente, optimizar los consumos energéticos y perseguir la sostenibilidad de su funcionamiento, procurar la comodidad máxima de los huéspedes. Pero también debe proponer nuevas reglas al arte de recibir cambiando, por ejemplo, el concepto de recepción. Frente al tradicional mostrador de recepción se puede recibir a la clientela en otro espacio menos administrativo, más lúdico o convivencial. En un edificio histórico se deberían aprovechar los espacios muertos, esos rincones inspiradores, para generar guiños sensoriales, volúmenes imprevistos, lugares de encuentro o meditación, planos para la imaginación. La indefinición del espacio, como ocurre en los pabellones de Les Cols, es una ventaja para descubrir durante la estancia nuevos detalles cada día. «Los espacios perdidos son aquí espacios recuperados», proclama el arquitecto de La Ruina Habitada.

miércoles, 14 de marzo de 2007

El valor de una sonrisa


Lo he conseguido, ¡eureka! Después de una semana por los hoteles y las estaciones de esquí de Bulgaria, he logrado lo que parecía imposible y muy frustrante. He arrancado una sonrisa a la recepcionista del hotel Villa Roka, lo último en diseño en Bansko, que es como decir la vanguardia minimalista de los años ochenta en la Europa próspera.

Me ha costado, la verdad. No me considero gracioso, ni mucho menos chistoso, sobre todo cuando me obligan a balbucear algunas palabras en búlgaro. Pero hoy le he echado mucha imaginación, y unos cuantos gestos bufos, a la chica que me atendía frente al mostrador. Me placía simplemente saludar y ser correspondido con unos buenos días, no más. Ella, cual estatua, no descomponía su figura siquiera para entregarme las llaves de la habitación. Me hizo incluso dudar de que yo fuera alguien de carne y hueso, no una ilusión virtual. Me hizo sentirme transparente, y tampoco tengo edad de Houdini. Me hizo pensar que acaso adolecía de ceguera, si no de mudez y, para nada, de estulticia.

Al fin y al cabo, ella no era muy diferente a las demás. Mujeres de facciones canónicas, de cuerpos estilizados, de miradas penetrantes. Así parecen ellas, las mujeres búlgaras, bellísimas como no las he visto en otros países de nuestro hemisferio. Muy distintas de ellos, hoscos, inhóspitos y rudos como los guerrilleros legendarios de los Balcanes. Hombres de trato difícil y primitivo, digamos algo inadecuados para dar la cara al frente de un hotel. No sé aún si es que lo llevan en su sangre eslava o si sufren la herencia de aquel campo de concentración en el que sobrevivieron durante medio siglo de hegemonía estalinista.
Por eso he saltado de júbilo esta mañana en Bansko. Tras apurar una mueca hasta expresar lo máximo que sé de dulzura humana sin que suene a cuchufleta, mi pánfila Stefka ha torcido el gesto y he podido adivinar en una ínsula rosada de su mejilla el hoyuelo insondable y seguramente poco ensayado de una sonrisa. Esta tarde intentaré el non plus ultra con esta chica: que se le iluminen los ojillos al esbozar nuevamente, si accede, una sonrisa. Quiero que entienda que no solamente ella embellecerá, sino que sus clientes, nosotros, los huéspedes de su hotel, nos sentiremos mejor acogidos de esta sencilla manera.

A veces me preguntan cuál es el nivel de calidad de los hoteles en España en comparación con los de otros países de nuestro entorno. Siempre he respondido que, en general, muy bueno. Ahora, en Bulgaria -país periférico a nuestro entorno, pero socio comunitario desde el pasado 1 de enero-, he aprendido que además de la bondad de unas instalaciones y unos servicios de acogida, la categoría de hotel se adquiere también con la empatía que provoca en los viajeros un/una recepcionista sonriente. Alguien me podrá advertir de que la gestualidad es una divisa de ciertas culturas y no de otras. Pero a mí me han sonreído en el África hambrienta, en la abastecida América, en la desértica la Patagonia, en las calles de Pekín y hasta en el Indostán.
Creo que sonreír es una regla básica de la hospitalidad.

lunes, 5 de marzo de 2007

Estar en equilibrio frente a los Alpes


Claudia Sampl, sabedora de mi afecto por los hoteles de diseño tanto como por ella, me avisa de la apertura de un cromático y reconstituyente spa en la estación tirolesa de Zell am See, Austria. Frente a las montañas que tantas veces hemos zigzagueado ambos sobre esquís enciende ahora su geométrica fachada el Mavida Balance Hotel & Spa, como una linterna mágica en la noche alpina. Le prometo que iré a verlo pronto, no sé si por la rutilante pinta de luciérnaga diódica que tiene el establecimiento o por compartir de nuevo con ella las pistas gosipinas del glaciar de Kaprun.

Observo que lo suyo, como buena funcionaria de carrera, es más el manejo de datos empíricos que la entelequia arquitectónica de lo que tiene ante sus ojos. El edificio es obra del arquitecto Niki Szilagyl, cuyas intervenciones en la zona se reducen al ámbito privado residencial. Casamilano, Flos, Dornbracht y otras marcas conocidas del diseño y la decoración firman el interiorismo, especialmente sensible en el tratamiento de la luz natural y la iluminación halógena y de xenón. La artista plástica Jutta de Bock aporta al conjunto algunas de sus mejores creaciones en madera y alfar con barro extraído del lago Zell am See.

Lo mejor del hotel, me cuenta, es la instalación termal con vistas a las montañas. Y, en ella, el denominado Floatarium, que es una especie de baño en agua salada que hacer flotar los cuerpos como en el Mar Muerto. Una experiencia próxima al watsu chino, pero balancing total. Vale, ¿y qué es el watsu y qué el balancing? El primer término lo hemos definido en el diccionario wellness que publicamos el año pasado en el diario El País y en Notodohoteles.com. En cuanto al segundo concepto, relativo al equilibrio, toca todos los palos de la puesta en forma: física, espiritual, melódica, sensorial y hasta escultórica. ¿Se entiende?
Servus Austria!