
Lo he conseguido, ¡eureka! Después de una semana por los hoteles y las estaciones de esquí de Bulgaria, he logrado lo que parecía imposible y muy frustrante. He arrancado una sonrisa a la recepcionista del hotel Villa Roka, lo último en diseño en Bansko, que es como decir la vanguardia minimalista de los años ochenta en la Europa próspera.
Me ha costado, la verdad. No me considero gracioso, ni mucho menos chistoso, sobre todo cuando me obligan a balbucear algunas palabras en búlgaro. Pero hoy le he echado mucha imaginación, y unos cuantos gestos bufos, a la chica que me atendía frente al mostrador. Me placía simplemente saludar y ser correspondido con unos buenos días, no más. Ella, cual estatua, no descomponía su figura siquiera para entregarme las llaves de la habitación. Me hizo incluso dudar de que yo fuera alguien de carne y hueso, no una ilusión virtual. Me hizo sentirme transparente, y tampoco tengo edad de Houdini. Me hizo pensar que acaso adolecía de ceguera, si no de mudez y, para nada, de estulticia.
Al fin y al cabo, ella no era muy diferente a las demás. Mujeres de facciones canónicas, de cuerpos estilizados, de miradas penetrantes. Así parecen ellas, las mujeres búlgaras, bellísimas como no las he visto en otros países de nuestro hemisferio. Muy distintas de ellos, hoscos, inhóspitos y rudos como los guerrilleros legendarios de los Balcanes. Hombres de trato difícil y primitivo, digamos algo inadecuados para dar la cara al frente de un hotel. No sé aún si es que lo llevan en su sangre eslava o si sufren la herencia de aquel campo de concentración en el que sobrevivieron durante medio siglo de hegemonía estalinista.
Por eso he saltado de júbilo esta mañana en Bansko. Tras apurar una mueca hasta expresar lo máximo que sé de dulzura humana sin que suene a cuchufleta, mi pánfila Stefka ha torcido el gesto y he podido adivinar en una ínsula rosada de su mejilla el hoyuelo insondable y seguramente poco ensayado de una sonrisa. Esta tarde intentaré el non plus ultra con esta chica: que se le iluminen los ojillos al esbozar nuevamente, si accede, una sonrisa. Quiero que entienda que no solamente ella embellecerá, sino que sus clientes, nosotros, los huéspedes de su hotel, nos sentiremos mejor acogidos de esta sencilla manera.
A veces me preguntan cuál es el nivel de calidad de los hoteles en España en comparación con los de otros países de nuestro entorno. Siempre he respondido que, en general, muy bueno. Ahora, en Bulgaria -país periférico a nuestro entorno, pero socio comunitario desde el pasado 1 de enero-, he aprendido que además de la bondad de unas instalaciones y unos servicios de acogida, la categoría de hotel se adquiere también con la empatía que provoca en los viajeros un/una recepcionista sonriente. Alguien me podrá advertir de que la gestualidad es una divisa de ciertas culturas y no de otras. Pero a mí me han sonreído en el África hambrienta, en la abastecida América, en la desértica la Patagonia, en las calles de Pekín y hasta en el Indostán.
Creo que sonreír es una regla básica de la hospitalidad.
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