jueves, 26 de abril de 2007

La arquitectura de los sentidos



El hotel es una arquitectura efímera y su plazo de caducidad apenas rebasa los 10 o 15 años de existencia. Esta afirmación, que estimula a ciertos arquitectos desde las ópticas de la creatividad y el peculio, sume en una profunda depresión a otros que, amparados en la venustas vitrubiana, anhelan realmente firmar las catedrales góticas del siglo XXI. Tal ha sido el corolario de los debates sobre arquitectura hotelera celebrados el pasado 23 de abril en mi residencia particular del norte de Palencia. Al igual que la primera Jornada, referida en mi blog del 26 de marzo, en esta ocasión los participantes volvieron a insistir en la arquitectura de los sentidos como el principal reto de aquellos hoteles que persigan asegurar su supervivencia durante la próxima década.

Ni la innovación puramente tecnológica, ni la asiatización del lujo, ni la proliferación de servicios, como el spa o los que animan a la implantación de la Q de calidad, van a marcar la agenda operativa de los hoteles en lo sucesivo. La propuesta de más calado entre los hoteleros hoy es el nuevo orden arquitectónico que atiende a los nuevos usos del espacio exigidos por una clientela viajera cada día más entregada al disfrute de los sentidos. Este hedonismo creciente de la población determina, es lógico, una manera diferente de percibir, entender, sentir y moverse por las instalaciones hoteleras. Los viajeros empiezan a mirar el hotel como un destino turístico en sí mismo. Desean que el hotel les emocione, les provoque, les ofrezca nuevas experiencias y, si además se lo pueden pagar repetidas veces, mejor que mejor.

En esta ocasión, los asistentes a la Jornada de Arquitectura Hotelera representaban mayoritariamente el segmento de los pequeños hoteles urbanos, cuya identidad se distingue aunque no difiere en lo sustancial de la acusada personalidad de los hoteles con encanto rurales, convocados durante la primera sesión del 26 de marzo. El grupo ha estado formado por José Antonio Liñares y su esposa, propietarios del hotel Costa Vella, en Santiago de Compostela; Raúl Lozano, dueño del romántico y muy culto hotel Ladrón de Agua, en Granada; Juan Carlos Marcos, director del hotel Hoyuela, en la zona noble de Santander; Antonio Núñez, responsable del madrileño Santo Domingo y profesional de dilatada experiencia en el sector turístico; Julián Almaraz, director del hotel Rector, en Salamanca; Eva Roqueta, hasta esta semana directora de los hoteles valencianos Ad Hoc y Ad Hoc Parque; Paloma López Sarasa, dueña de la Casona de Naveda, en el Alto Campoo; José Solà, empresario hotelero aranés y propietario de varios establecimientos de prestigio, como el Val de Ruda y el Chalet Bassibé, en la estación invernal de Baqueira, quien iba acompañado de la mano de Pere Colomer, experto en turismo y consultor privado de la agencia Consultur, así como del arquitecto japonés Toshiaki Tange, jefe del estudio de Arata Isozaki, quien proyecta un complejo termal de lujo en el valle de Arán. La tertulia contó igualmente con la presencia de Inmaculada Ranera, directora de Christie&Co en España; José Badiola, editor del periódico regional Carrión, que ha dedicado varias páginas a cubrir estas Jornadas desde su inicio; y repitió, naturalmente, el arquitecto Jesús Castillo Oli, autor de La Ruina Habitada.

En la presentación, Castillo Oli volvió a subrayar que «la arquitectura tiene que provocar a los sentidos, sugerir un nuevo uso de los espacios porque el hedonismo de los nuevos viajeros exige una propuesta de instalaciones y servicios al menos similar a la que cada uno ha ido cultivando en su propia casa». Las intervenciones se centraron al principio en distinguir entre la arquitectura espectáculo, que parece hoy sacralizar los proyectos hoteleros, y esta llamada arquitectura de los sentidos basada en la innovación sin estridencias, en los detalles más que en los destellos, en la afinación de los elementos constructivos antes que en el sacrificio de los tres principios vitrubianos (firmitas, utilitas, venustas) por mor de la teatralidad de la arquitectura hotelera.

¿Qué es un hotel de diseño?, se preguntaron algunos visto el auge que está tomando este concepto en todo el mundo. Respondió el arquitecto jefe de la oficina de Arata Isozaki que «un hotel de diseño es aquel en cuyas instalaciones se percibe de inmediato el ego del arquitecto». La buena arquitectura apenas adquiere protagonismo en el espacio, sino que lo ordena, lo dispone y le sirve con toda su fuerza creativa y tecnológica. Lo importante es la idea, el concepto. Qué significa cada cosa, cada objeto, y para qué sirven.

Cierto es que la veloz transformación de los gustos en la clientela exige una redefinición constante de los espacios, a lo que la arquitectura debe dar forma y solución. Algunas de las propuestas del diseño hotelero formuladas en los últimos años se pasan de moda, con lo que la arquitectura hotelera parece condenada a ser una arquitectura efímera, lo mismo que un pabellón de feria o una barraca itinerante. «¿Cómo es posible que hablemos de un plazo de 10 o 15 años para la pervivencia de una propuesta hotelera si los arquitectos góticos diseñaban para cinco siglos?», se preguntó Tange. «Por su alto coste, la obra arquitectónica debería perdurar por los siglos de los siglos. O, al menos, por espacio de 60 años, que es la vida que nosotros concedemos a los edificios modernos», concluyó el arquitecto japonés. Y recibió el asentimiento favorable de todos los presentes: el reto consiste en hacer rentable la propuesta arquitectónica y someterla a la realidad del cuadro de gestión.
¿Qué puede hacer la arquitectura además de dar espectáculo y soluciones técnicas para la rentabilidad del negocio hotelero? La redefinición de los espacios, a veces excesivamente funcionales y aburridos. Desde la recepción hasta la más humilde habitación. Nuevas reglas que sustituyan el clásico mostrador de recepción, como proceder al check-in desde la ventanilla del coche, o frente a una mesa informal de trabajo, o en la propia habitación del huésped. Incluso mediante el recurso lúdico de un atril que brota en un punto del recorrido, señalizado con una chapa continua y un hilo de luz, como figura en el proyecto actualmente en marcha del hotel El Convento de Mave, utilizado para hospedar a todos los asistentes a estas Jornadas. En el dormitorio, por ejemplo, la cama ocupa un espacio de 4 metros cuadrados inútil durante gran parte de la estancia del huésped. Jesús Castillo Oli propone dar rendimiento a este lugar mediante la teoría de los espacios multifuncionales, como acaba de ser implementado recientemente en el hotel Prestige Congress, de Barcelona, diseñado para transformar el dormitorio en una oficina con una cama abatible y una mesa ad hoc. De nuevo, el modelo del hotel Les Cols, en Olot, sirvió para establecer que «los espacios perdidos son aquí espacios recuperados», en palabras del arquitecto de La Ruina Habitada.
Idealismo frente a pragmatismo. La gente irá pasando de un concepto a otro según su visión personal. Un hotel es como un teatro que debe servir de escenario tanto a la comedia como a la tragedia. Pero más importante aún que la arquitectura es el servicio, las relaciones humanas. Por eso, la liturgia de recibir, presentarse y describir cómo funciona todo en el lugar en que se está adquiere un significado extraordinario en esta nueva hotelería de los sentidos. «La arquitectura debe contar una historia», concluyó ética y poéticamente el granadino Raúl Lozano.

El próximo 21 de mayo tendrá lugar la tercera edición de estas Jornadas de Arquitectura Hotelera, dedicada a los pequeños establecimientos situados en el campo.

domingo, 15 de abril de 2007

Cada segundo vivir y escapar


Un folleto publicitario ha entrado esta mañana en mi buzón postal. «¿Estás o no estás?», se preguntaba en la solapa. Sí, claro. Y lo abrí con la certeza de que la publicidad es esa palanca que hoy mueve al mundo. A todo el mundo.
¡Mmm..., qué sugerente! Nueve post-it aparecían chincheteados en un aparente tablero de corcho con frases tan consuetudinarias en las empresas como éstas: «Hay diecisiete llamadas perdidas que no sé de quién son»; «También te están buscando para lo de la herencia de tu tío Antonio, que les llames»; «Tu mujer. Que no puede creerse que siempre estés comunicando»; «Ha llamado Paco, que le llames»; «Te han llamado de la gestoría porque necesitan hablar contigo del contrato del nuevo empleado»; «Han llamado del banco, que te ha tocado una batería de cocina. Que si no hablas con ellos hoy se la dan a otro»; «Un tipo muy raro ha estado esperando dos horas para pagar porque estaba entrando un fax y no podía usar el teléfono. Al final se ha ido»; «Pérez, que está cansado de mandar faxes que no entran»; «Margarita llamó a las diez, que llevaba toda la mañana buscándote».
¡Uf, qué agobio! Era un mensaje de Telefonica (sin acento) para animarme a contratar una línea de teléfono adicional... Pues de lo que realmente me ha animado es a coger la maleta y escaparme de la oficina. ¿Tal vez a un hotel con encanto?
Abre las puertas de la percepción,
usa el poder de la imaginación...
Piensa en las cosas que te hacen sentir,
cada segundo vivir y escapar....
Desde el principio, al fin, sólo quisimos vivir.
(Moby)

domingo, 8 de abril de 2007

Una excitante liturgia de bienvenida


La hospitalidad, como cualquier acto solemne de la vida, entraña una liturgia. El arte de recibir desencadena un ritual de gestos, ademanes, galas, ofrendas, honores y servicios que aproxima al huésped y a su anfitrión. Esta ceremonia, sea cual sea su afectación, establece el marco de las relaciones humanas que van a entablarse en el curso de la estancia hotelera, informa de las reglas de convivencia entre las partes y perfila el escenario en que se suscitarán emociones, sensaciones, experiencias e incluso sentimientos personales.

A nadie se le escapa, si bien pocos lamentan, que la liturgia de bienvenida al hotel ha cambiado drásticamente con los años y, casi siempre, en perjuicio de su calidad humana. Víctima de la masificación turística y de la democratización del consumo en todo el mundo, el actual modelo de gestión empresarial se rige por los patrones de máxima eficiencia en los servicios y optimización productiva de las instalaciones hoteleras, para el cual ese boato característico de la belle époque constituye hoy un anacronismo a la hora de asegurar el rendimiento del negocio. Sólo unos cuantos hoteles se atreven a desafiar tales preceptos económicos… costeando un mozo de equipajes, por ejemplo.

A mi modo de ver, el hotel perfecto para tener bajo control los bolsillos es aquel que logra sustituir la recepción por un cajero automático, como sucede en los establecimientos de la cadena francesa Formule 1. Introduces la tarjeta de crédito, obtienes una clave y te puedes bandear por todo el hotel sin tropezarte con ningún empleado que te importune. La fórmula es económica, eficaz y discreta. Dejas el coche en el aparcamiento, te deslizas entre las sábanas con tu amante y allí nadie se ha enterado de nada. Impersonal, sí; pero muy ventajoso para pernoctar de incógnito, que es lo mío. A 30, 40 o 50 euros la noche, no se puede exigir más.

En el común de los hoteles sobra el mostrador de recepción, que es la pieza más utilitaria y, por repetida, vulgar de todas las que constituyen el paisaje mobiliario de esta clase de edificios. Reconozco su eficiencia en la atención al viajero, pero ¿por qué empecinarse siempre con el mismo concepto? Es una pregunta recurrente en los púlpitos del ars arquitectónica, como otras tantas. ¿Por qué el acto de dormir se practica siempre en una cama? ¿Por qué en la ablución diaria aparece siempre una bañera de Roca? ¿Por qué un lavabo es siempre un lavabo? ¿Es que no se puede diseñar otro utensilio para lavarse las manos? Después de todo, la humanidad se ha pasado cuatro milenios defecando en una letrina hasta la popularización, a finales del siglo XIX, del inodoro de cisterna que hoy conocemos y utilizamos. Nunca me voy a quitar de la mente el imaginario hotelero de los mostradores de recepción, pulcros y geométricos como los de las expendedurías del Bono-Loto, aplicados e inconmovibles como los de una ventanilla ministerial. Funcionales, pero insoportablemente aburridos.

Sí, en el común de los hoteles sobra también el personal encargado de la recepción, cuyo único desempeño es el de comprobar en el libro de registros la inscripción de la reserva. Otros menesteres necesarios son los de la conserjería y el cobro de los servicios prestados, que no siempre se realizan con la misma meticulosidad ni con el mismo pundonor que los de la pura recepción de pasajeros. Éstos los resuelve a plena satisfacción el software que gestiona las reservas. Y lo que no realiza el programa informático (conducir al huésped hacia su dormitorio), tampoco lo facilita el recepcionista de turno... por no jadear con el equipaje a cuestas, supongo.

La liturgia de la hospitalidad que más me ha seducido en la vida no entiende de mostradores, ni de agasajos consuetudinarios, ni de formularios policiales bajo sospecha de delincuencia mayor. No requiere mostrador de recepción, ni buzón de llaves, ni tablilla oficial de precios. Es un no-lugar, una no-recepción. Es un santuario zen, un purgatorio del viaje, donde el recién llegado se despoja de todo y ve cómo su identidad itinerante se transmuta en la esencialidad de su nueva condición de huésped. Este bautismo se celebra en una semipenumbra cuasi mística. Sigue después con una instrucción ritual acerca de las dependencias privadas y comunes, su disfrute y los pormenores de su uso. En los corredores, las palabras suenan a música. Entre los paramentos, la música a silencio. El inteligente lenguaje de los gestos reemplaza la expresión de lo obvio. La cama no es cama, el lavabo no es lavabo y no hay suelo bajo techo. De noche, el espacio se transforma según los significados orientales del ma: relación, intervalo, periodo, pausa… Un ritmo sincopado que enaltece la relación osmótica entre la arquitectura y el habitante, el habitante y la arquitectura.

Sin esta liturgia de la delicadeza no puede entenderse el arte de recibir. Y el hotel que renuncie a practicarla, más que un santuario de la hospitalidad, será una nave industrial de sueños fisiológicos.