domingo, 8 de abril de 2007

Una excitante liturgia de bienvenida


La hospitalidad, como cualquier acto solemne de la vida, entraña una liturgia. El arte de recibir desencadena un ritual de gestos, ademanes, galas, ofrendas, honores y servicios que aproxima al huésped y a su anfitrión. Esta ceremonia, sea cual sea su afectación, establece el marco de las relaciones humanas que van a entablarse en el curso de la estancia hotelera, informa de las reglas de convivencia entre las partes y perfila el escenario en que se suscitarán emociones, sensaciones, experiencias e incluso sentimientos personales.

A nadie se le escapa, si bien pocos lamentan, que la liturgia de bienvenida al hotel ha cambiado drásticamente con los años y, casi siempre, en perjuicio de su calidad humana. Víctima de la masificación turística y de la democratización del consumo en todo el mundo, el actual modelo de gestión empresarial se rige por los patrones de máxima eficiencia en los servicios y optimización productiva de las instalaciones hoteleras, para el cual ese boato característico de la belle époque constituye hoy un anacronismo a la hora de asegurar el rendimiento del negocio. Sólo unos cuantos hoteles se atreven a desafiar tales preceptos económicos… costeando un mozo de equipajes, por ejemplo.

A mi modo de ver, el hotel perfecto para tener bajo control los bolsillos es aquel que logra sustituir la recepción por un cajero automático, como sucede en los establecimientos de la cadena francesa Formule 1. Introduces la tarjeta de crédito, obtienes una clave y te puedes bandear por todo el hotel sin tropezarte con ningún empleado que te importune. La fórmula es económica, eficaz y discreta. Dejas el coche en el aparcamiento, te deslizas entre las sábanas con tu amante y allí nadie se ha enterado de nada. Impersonal, sí; pero muy ventajoso para pernoctar de incógnito, que es lo mío. A 30, 40 o 50 euros la noche, no se puede exigir más.

En el común de los hoteles sobra el mostrador de recepción, que es la pieza más utilitaria y, por repetida, vulgar de todas las que constituyen el paisaje mobiliario de esta clase de edificios. Reconozco su eficiencia en la atención al viajero, pero ¿por qué empecinarse siempre con el mismo concepto? Es una pregunta recurrente en los púlpitos del ars arquitectónica, como otras tantas. ¿Por qué el acto de dormir se practica siempre en una cama? ¿Por qué en la ablución diaria aparece siempre una bañera de Roca? ¿Por qué un lavabo es siempre un lavabo? ¿Es que no se puede diseñar otro utensilio para lavarse las manos? Después de todo, la humanidad se ha pasado cuatro milenios defecando en una letrina hasta la popularización, a finales del siglo XIX, del inodoro de cisterna que hoy conocemos y utilizamos. Nunca me voy a quitar de la mente el imaginario hotelero de los mostradores de recepción, pulcros y geométricos como los de las expendedurías del Bono-Loto, aplicados e inconmovibles como los de una ventanilla ministerial. Funcionales, pero insoportablemente aburridos.

Sí, en el común de los hoteles sobra también el personal encargado de la recepción, cuyo único desempeño es el de comprobar en el libro de registros la inscripción de la reserva. Otros menesteres necesarios son los de la conserjería y el cobro de los servicios prestados, que no siempre se realizan con la misma meticulosidad ni con el mismo pundonor que los de la pura recepción de pasajeros. Éstos los resuelve a plena satisfacción el software que gestiona las reservas. Y lo que no realiza el programa informático (conducir al huésped hacia su dormitorio), tampoco lo facilita el recepcionista de turno... por no jadear con el equipaje a cuestas, supongo.

La liturgia de la hospitalidad que más me ha seducido en la vida no entiende de mostradores, ni de agasajos consuetudinarios, ni de formularios policiales bajo sospecha de delincuencia mayor. No requiere mostrador de recepción, ni buzón de llaves, ni tablilla oficial de precios. Es un no-lugar, una no-recepción. Es un santuario zen, un purgatorio del viaje, donde el recién llegado se despoja de todo y ve cómo su identidad itinerante se transmuta en la esencialidad de su nueva condición de huésped. Este bautismo se celebra en una semipenumbra cuasi mística. Sigue después con una instrucción ritual acerca de las dependencias privadas y comunes, su disfrute y los pormenores de su uso. En los corredores, las palabras suenan a música. Entre los paramentos, la música a silencio. El inteligente lenguaje de los gestos reemplaza la expresión de lo obvio. La cama no es cama, el lavabo no es lavabo y no hay suelo bajo techo. De noche, el espacio se transforma según los significados orientales del ma: relación, intervalo, periodo, pausa… Un ritmo sincopado que enaltece la relación osmótica entre la arquitectura y el habitante, el habitante y la arquitectura.

Sin esta liturgia de la delicadeza no puede entenderse el arte de recibir. Y el hotel que renuncie a practicarla, más que un santuario de la hospitalidad, será una nave industrial de sueños fisiológicos.

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