miércoles, 14 de febrero de 2007

Hoy no es un día de San Valentín cualquiera


Odio la televisión en estéreo. Acabo de sufrirla durante un momento en la Posada de los Pantanos, adonde he recalado en uno de mis habituales viajes de inspección por la geografía española. Ya sabes, entras en la habitación (El Espliego) y, sin perder tiempo, echas un vistazo a lo esencial: el kit cosmético, la temperatura ambiente, la calidad arquitectónica, las flores secas depositadas sobre el cubrerradiador, te lavas las manos, te enjuagas la cara, compruebas la textura de las toallas, te balanceas en la cama, compruebas la tensión del colchón, el apresto de las sábanas, te quitas el chaleco -hace calor y esto no es una escuela de valor-, tropiezas con el aparatoso dosel... ¡en una habitación abuhardillada!, te bebes el Benjamín que amablemente te sirve en bandeja la posadera -sin franquear la puerta, naturalmente- y ya, pasados unos minutos, te entretienes con el mando a distancia, ¡zap!, a pasar canales, hasta que te paras en uno lleno de color y de vida, como en los anuncios de Renault.

De repente, un extraño efecto estereofónico hace reverberar las paredes, vuelve el aire tremante. Un sonido dual no muy distinto al de los primeros elepés de los Beatles, aunque sí redundante y machacón, de eco impreciso, atropellado. Comprendo entonces el desvarío auditivo. Mis vecinos de dormitorio tienen el televisor encendido y sintonizado en el mismo canal que el mío. ¡Oh, sí, una horrísona coincidencia! Que la voz de John Lennon te llegue con reverberación tiene un pase, pero la de Eva hache... Eso no lo trago. Doy un respingo sobre el canapé y de un clic apago la caja (¿tonta?) doblemente parlanchina. Que se quede sola Eva con sus monólogos, y perdón por este desamor mío.

«Cari, junta más las piernas, por Dios». Juro que acabo de oirlo a través de la pared, y no parece pardiez el mismo timbre Hache de voz. «Hago lo que puedo, amor», escucho a continuación con cierto rubor masculino. En esta ocasión tampoco parece que las palabras hayan sido pronunciadas por el enviado especial Javier Coronas. ¡Zumba, zumba, zumba...! No, no debe de ser un Flex, ni mucho menos un Tempur, ni siquiera un Pikolín. Suena -que algo sé de colchones- a un Mercury Servi Sueños Sistemas de Descanso. «Ay, Gordi, espera, que aún no me viene». ¡Zumba, zumba...! «Tú sigue y no te pares». ¡Zumba...! «Hoy se ha presentado el borrador de la Estrategia Española contra el Cambio Climático. Ya sé que estrategia y española en la misma frase queda rarete...» ¡Zumba! «Más deprisa, Cari, más deprisa». ¡Zumba, zumba...! «Yo entiendo que lo del cambio climático es grave, pero anda que no tiene que llover para que puedas ir en barco por la calle...» ¡Zzzzzz! «¡Uuuuuf!» «¡Brrrmm!» «¡Aaaag!» «Oh, sí, Cari, más, más...» «¡Oooooooh!»

Ha sido un polvo en toda regla, y no precisamente retransmitido por televisión.

Es lo que tiene eso del encanto, que muchos creen encantador el simple hecho de reconstruir una casa vieja «conservando la antigua estructura de piedra, las vigas de madera, la rejería de sus ventanas y balcones, testigos de excepción de la plaza Mayor y del embalse de Entrepeñas», como reza el folleto de presentación de la posada antes mencionada. Solo que antaño vivía en ella una familia y hoy no tienen por qué compartir sus intimidades los huéspedes alojados en sus deficientemente insonorizadas habitaciones. Especialmente si no han sido invitados al festín nupcial.

En la apoteosis final habría aplaudido a mis jóvenes vecinos de cuarto por la lección de arte amatoria impartida en toda la posada con sus jadeos y sus espasmos cariñosos. Les habría aplaudido de no tener que reprochar su mal gusto en la ambientación del apetito sexual con la tele encendida como rumor de fondo.

domingo, 4 de febrero de 2007

Oda al vino, Omar Khayyam


¿Por qué vendes tu vino, mercader?
¿Qué pueden darte a cambio de tu vino?
¿Dinero? ... ¿Y qué puede darte el dinero?
¿Poder? ... ¿Pues no eres el dueño del mundo
cuando tienes en tus manos una copa?
¿Riqueza? ... ¿Hay alguien más rico que tú,
que en tu copa tienes oro, rubíes, perlas y sueños?
¿Amor? ... ¿No sientes arder la sangre en tus venas
cuando la copa besa tus labios; no son los besos del vino
tan dulces como los más ardorosos de la hurí?
Pues si todo lo tienes en el vino, dime mercader:
¿por qué lo vendes?
Poeta, porque haciendo llegar a todos mi vino,
doy poder, riquezas, sueños, amor...;
porque cuando estrechas en tus brazos a la amada,
me recuerdas;
porque cuando quieres desear felicidad al amigo,
levantas tu copa;
porque Dios cuando bendijo el agua la trasformó en vino,
y porque cuando bendijo el vino se trasformó en sangre...
Si te ofrezco mi vino, poeta... ¡No me llames mercader!