
La playa del Papagayo, uno de los tesoros naturales de las Canarias. Así titula la revista Hola un reportaje sobre este paraíso turístico del sur de Lanzarote. Nada que objetar a un playazo de siete kilómetros segmentado en varias ensenadas de roquedos basálticos, arena blanca, transparencia azul y el recuerdo de aquella ciudad, San Marcial del Rubicón, que la leyenda sitúa como la primera capital del Atlántico sur.
Lo que debe invitarnos a la reflexión es el segundo párrafo del artículo. «En este entorno, ni un hotel ni una urbanización a la vista, tan sólo los bañistas y las embarcaciones de recreo que navegan rumbo al islote de Lobos o en dirección al estrecho de la Bocayna, límite entre Lanzarote y Fuerteventura». Idílico, ¿verdad?
Ni un hotel a la vista. Qué emoción. Y qué pena el observar cómo ha calado en el subconsciente colectivo la deyección paisajística provocada por los hoteles en nuestro litoral. Como si el hotel y el entorno natural no fueran dos elementos de la misma ecuación. Tuve ese pensamiento hace unos años cuando regresé de noche a la Acrópolis ateniense y contemplé la silueta renovada del Partenón, más resplandeciente de lo que estaba en mi primera visita a la capital griega. Si en lugar de aquel templo helénico me hubiera encontrado un Marina d'Or...
Pues igual digo de nuestro litoral mediterráneo. Si en lugar de hoteles tan masificados y horteras se hubieran levantado catedrales de la buena vida y mejor estética, resorts oxigenados o alojamientos con encanto, templos lúdicos, arquitecturas del paisaje... Mejoraría nuestra opinión sobre lo que es un hotel y lo tildaríamos de paraíso como la revista Hola hace con la costa lanzaroteña de Papagayo. Por ahora.