
Ejerce algo de fascinación en mí este óleo expuesto en el Rijksmuseum de Amsterdam, es cierto. Lo vi hace ya 15 años en un viaje de solaz a la capital holandesa, tras una semana de navegación en schooner por el Zuiderzee. Un hombre y una mujer vestidos con ropajes galantes del Antiguo Testamento centran la atención en un espacio oscuro. Él acomoda un brazo sobre el hombro de la mujer y toca con la otra mano su pecho. Ella roza delicadamente con la yema de sus dedos la mano del hombre. Ambos miran erráticos hacia dos esquinas opuestas absortos en sus pensamientos. ¿Es el padre de la novia, como creyó el coleccionista de arte Van der Hoop, en actitud de colgarle una cadena con ocasión de su boda? ¿Acaso una pareja de enamorados pese a la diferencia de edad entre ambos? Nada se sabe de este lienzo. Rembrandt se llevó la respuesta a la tumba.
La pintura, como la arquitectura, la música o las artes decorativas, provocan una intensa emoción a quien se desempeña en la vida con aprecio por el ser humano. Despierta los sentidos. Aguza el pensamiento. Enciende el alma. Y es compañera sentimental de una noche en un hotel con encanto. Antonia Baz, propietaria del Convento de San Benito, en la localidad pontevedresa de A Guarda, me lo ha demostrado estos días con su espléndida colección de retablos barrocos y aguafuertes contemporáneos diseminada por las paredes de su hotel. No bastándole con ejercer de hostelera en sus inicios, estudió Artes Decorativas y Restauración de tal suerte que ahora se pasea por las subastas, los anticuarios y las almonedas con la soltura de una perita (en dulce). Su sapiencia me ha conmovido. Su convento me santigua de arte y sensibilidad.
Prometo admirar sus próximas adquisiciones de muebles y pinturas en el Convento de San Benito durante dos semanas de pan y agua. Como aquel hombre arrobado por la belleza de La novia judía, de quien sólo podía esperarse una locura: Vincent van Gogh.
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