¿Un teleférico para subir al Everest? Sólo de pensarlo se me ponen los pelos de punta... Este empeño por aproximarnos a las alturas, o pretender que la montaña venga a Mahoma, no es sino una extravagancia más de esta sociedad del bienestar que nos ha tocado forjar con mucho pensamiento y esfuerzo personal. ¿Por qué hemos de hacerlo todo accesible a nuestros deseos? Y, sobre todo, ¿qué nos impulsa a acceder sin esfuerzo a cuanto se nos pone por delante? Tal vez la respuesta ya nos la dio el explorador sir Edmund Hillary medio siglo atrás cuando escaló por primera vez la cumbre de la montaña más alta del planeta: "subí simplemente porque el Everest estaba ahí".
Me pregunto todo esto porque ha caído en mis manos el nuevo Manual de Accesibilidad Universal para Hoteles, editado por Paradores de Turismo en colaboración con el Ministerio de Trabajo. El primer párrafo, firmado por Antoni Costa i Costa, ya me ha conmovido por su buenismo. Dice así: ...la necesidad de desarrollar un Plan de Accesibilidad Universal (...) con el objetivo de hacer accesibles nuestros alojamientos (los paradores), servicios y productos a todas las personas, independientemente de su edad o condición." Políticamente muy correcto, sí. Todos hemos sido, somos o seremos discapacitados alguna vez en nuestras vidas, por lo que debemos aplaudir cualquier iniciativa que nos ayude a superar las barreras en el desempeño de nuestras actividades cotidianas. Salvo aquellas que no sean absolutamente imprescindibles para nuestra supervivencia, motivo actual de mi reflexión. Porque no debemos, aunque podamos, ponernos el planeta por montera y hollarlo en todos sus límites hasta volverlo previsible, cotidiano, vulgar. Cuánto de romántico nos quedará vivir después de todo si tejemos un hilo de civilización hasta la última montaña, hasta la última frontera... Todos podemos acreditar nuestro derecho a escalar esa última montaña, pero siempre nos parecerá más romántico hacerlo por nuestro propio pie. Y el que no pueda, que la sueñe.
Pero quiero regresar a este Manual de Accesibilidad para incitar a otra reflexión sobre nuestros monumentos históricos y su rehabilitación arquitectónica. Sabido es que el gran valor de los Paradores de Turismo es, precisamente, su establecimiento en edificios centenarios de utilidad muy distinta a la de su actual rendimiento turístico. Conventos, monasterios, palacios, castillos y torres defensivas cuya estructura arquitectónica no estaba pensada para dar alojamiento al viajero motorizado de hoy, con sus maletas y sus antojos domésticos. Ni con cualesquiera de sus incapacidades. Adaptarlos a estos nuevos usos ha requerido en ocasiones una intervención desafortunada, como se ha comprobado en la reconstrucción del parador de Sigüenza y en la reciente transformación del parador de Lerma. Sesgar por su mitad una planta del edificio es una aberración tectónica. Almenar con sillares nuevos una torre desmochada de manera que parezca auténtica es una solemne impostura. Embutir un ascensor mecánico en el hueco de una escalera medieval es un atentado monumental, por mucho que se quiera disfrazar la torpeza de servicio a los discapacitados. Y quienes firman estos proyectos cojos de su utilitas vitruviana deberían explicar públicamente sus razones, porque la historia a buen seguro que no les absolverá.
Por muy bienintencionado que sea el Plan de Accesibilidad, si un edificio acepta mal una ortopedia para su reconversión hotelera mejor es dejarlo como está. Dejemos que hable la ruina, consintamos la discapacidad estructural de la buena arquitectura. No nos afanemos a toda costa que los Paradores de Turismo aseguren "al menos un acceso accesible (sic) desde el exterior", so pena de amputar nuestro sueño de vivir escalando la cumbre imposible de la historia.
miércoles, 16 de abril de 2008
Hoteles accesibles, no gracias
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