martes, 12 de diciembre de 2006

Los hoteles son cosa de hombres

La cultura del viaje es todavía una cultura de hombres. Mientras el género femenino permanecía en casa y con la pata quebrada (según el dicho popular), la tribu varonil de nuestra humanidad salía en busca de sustento y de nuevos territorios, con el beneficio de escarceos que a ello se le supone. En consecuencia, el timón de las naves, las riendas del carruaje o la empuñadura de la espada fueron siempre un diseño exclusivo para la anatomía masculina. La distancia continúa siendo el músculo de nuestra civilización. Y la medida de la culata, su fuerza propulsora.

Así se comprende que la articulación orgánica de los desplazamientos nos suene todavía en do mayor. No hemos afinado de otra manera el diapasón. Las gasolineras huelen a hombre, a camión. Los aeropuertos aparecen repletos de símbolos fálicos. El asfalto tiene la piel dura. Y los hoteles priorizan sus servicios en torno a una idea viril del negocio.

Tal es lo que suscribe la periodista Charo Izquierdo en un artículo de opinión muy agudo que publica la revista Yo Dona, de la cual es su directora:

«Llegas al hotel. Es de noche, no tienes ganas de salir a cenar y te pides el típico sándwich vegetal que deben subirte a la habitación. Te pones la típica camisetilla de viaje, la más suave que tienes, que es lo mas sexy que una mujer se pone cuando duerme sola en un hotel, y, ¡zas!, llega la típica frugal cena en manos de un típico caballero. No es el comienzo de una película X. Es una escena de lo más vulgar que hemos vivido muchas… para contarla. Sólo de pensar que pueda acarrear la cena o el desayuno (a todo lo anterior, añádele el agravante de que estás sin maquillar) una mujer, suspiro de alivio. Es uno de los detalles de los que nos quejamos nosotras cuando viajamos y nos alojamos solas. Pero hay más.

Los secadores suelen tener la fuerza de un ventilador de esos a pilas con los que algún taxi sustituía hace unos años el aire acondicionado. El gel de baño está pensado para una sola aplicación…, con lo que nos gusta ducharnos antes y después de dormir…, por no hablar de la calidad. ¿Y las toallas? Qué pocas películas de Hollywood han visto los hoteleros…,¡ a las mujeres nos gusta envolvernos con brazos, digo con toallas, grandes, mulliditas, amorosas!

Lo de la decoración sería como para escribir un libro…, casi te decantas por las cadenas más comunes y corrientes, y a poder ser españolas, por aquello de que sabes que estandarizadas, sí, pero sin ofender a nuestros ojos. Y otra cosa: es curioso que en casi todos los hoteles se encuentre una maquinilla de afeitar desechable, y no en todos ellos algodón para desmaquillarnos.

¡Otra!, el maquillaje…, qué luces (tan débiles como las que suele haber en la mesilla de noche), a poco que te descuidas sales pintada como una puerta a fuerza de no verte los colores. En algún capítulo de este anecdotario más de una y más de dos se habrán visto reflejadas. Y es posible que sea de las últimas veces.

Porque empieza a ser un clamor que se habiliten en los hoteles habitaciones para mujeres. Al menos, esa parece la idea del Grange City Hotel, de Londres, que va a dedicar 68 de sus 300 habitaciones a mujeres que viajan solas.

P.D. He entrado en Google para ver cuántos hoteles tenían habitaciones para mujeres y he desertado. Aparte de algunos en Isla Mujeres (México), las demás direcciones son de casas de –digamos– masajes.»