martes, 9 de enero de 2007

Lexus, Nexus, Plexus

Salgo ahora pitando para los Alpes con intención de quitarme el mono de la nieve, que estamos bien entrados en enero. Perdón, no salgo pitando, sino despacio y con el cinturón de seguridad puesto, como un ciudadano responsable, cumplidor de las normas, nada inclinado a dejarse la piel sobre el asfalto. Mil seiscientos kilómetros por delante. Paraditas cada dos horas. Nada de alcohol en la sangre. Y pied à terre por unas horas en un hotel Formule 1, ya en Francia.


Veremos cuántos puntos me quitan, es la pregunta que necesariamente me hago cada vez que agarro el volante. O sea, todos los días. Con conciencia, eso sí, de que nuestros servidores públicos, con sus radares, velan por que llegue con vida a mi destino. Viven una anacrónica euforia por la drástica disminución en el número de muertos en la carretera registrada durante el pasado ejercicio, más de un 10% menos con respecto a 2005. Lo comentaba estos días el director general de Tráfico: el balance de la seguridad vial en 2006 ha sido muy bueno. ¡Qué bien, 3.016 muertos y le parece estupendo!

Aunque el descenso en víctimas mortales se viene produciendo con notoriedad desde 2003, antes de que fuera impuesto el carné por puntos, no voy a negar que esta iniciativa está siendo disuasoria para numerosos conductores que antes se lanzaban a la carretera como quien se da un chapuzón de verano en la piscina. Probablemente signifique un toque de atención para quienes utilizan el coche en desplazamientos cortos, el simplemente darse una vuelta, sin mucha conciencia de que 'la vuelta' es para tomarse una copa y luego hay que volver a casa. Desconozco la estadística de muertos en viajes largos y, menos aún, la de accidentes sin víctimas. Porque una cosa es segura: el temor a sobrepasar los límites de velocidad y perder puntos nos obliga a conducir más distraídos. Me pasa a mí y a otras muchas personas de mi entorno consultadas en los últimos meses. Conducimos con la vista puesta en el cuentakilómetros y no en la carretera, que es como opino yo que deberíamos conducir. El coche se me dispara en cada cuesta, por lo que estoy más pendiente de frenarlo a la velocidad legal que a la intuitiva de mi condición de conductor. De poco nos sirve ya el saber conducir. Ahora lo más importante es seguir las indicaciones. Somos más autómatas. Tomamos menos decisiones. Y, como en tantas otras esferas de nuestra vida, cedemos una parcela de libertad a la urbanización de lo público.

En consecuencia, he aceptado el ofrecimiento de un amigo y en breves minutos me voy a apretar el cinturón de un Lexus RX400 con navegador, avisadores acústicos, cámara de vídeo trasera y control de velocidad de crucero. Pulso un botón y, ¡ding!, velocidad fijada a 120 km/h. ¿O son 110 km/h? No, no, aquí pone 100 km/h... Autovía hasta los Alpes con los pies fuera del tiesto. Por ley, así he de sentirme seguro.

Estoy completamente de acuerdo con el director general de Tráfico. La velocidad puede matar, como el tabaco. Es obvio que sin coches no habría accidentes de tráfico. Pero yo prefiero la velocidad sensorial de un buen conductor a la que, por norma, nos permite echar una partida de naipes al volante. Me parece una imprudencia mayor. Y considero injusto que pierda los mismos puntos el que conduce un kilómetro diario y el que conduce mil.

Salgo ahora pitando para los Alpes y sé que, al menor descuido, seré cazado por un radar.

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