miércoles, 16 de abril de 2008

Hambre y sed de arte

Qué puede esperarse de un hombre capaz de quedarse dos semanas mirando el cuadro de Rembrandt La novia judía (1667) con sólo un pedazo de pan para comer.


Ejerce algo de fascinación en mí este óleo expuesto en el Rijksmuseum de Amsterdam, es cierto. Lo vi hace ya 15 años en un viaje de solaz a la capital holandesa, tras una semana de navegación en schooner por el Zuiderzee. Un hombre y una mujer vestidos con ropajes galantes del Antiguo Testamento centran la atención en un espacio oscuro. Él acomoda un brazo sobre el hombro de la mujer y toca con la otra mano su pecho. Ella roza delicadamente con la yema de sus dedos la mano del hombre. Ambos miran erráticos hacia dos esquinas opuestas absortos en sus pensamientos. ¿Es el padre de la novia, como creyó el coleccionista de arte Van der Hoop, en actitud de colgarle una cadena con ocasión de su boda? ¿Acaso una pareja de enamorados pese a la diferencia de edad entre ambos? Nada se sabe de este lienzo. Rembrandt se llevó la respuesta a la tumba.

La pintura, como la arquitectura, la música o las artes decorativas, provocan una intensa emoción a quien se desempeña en la vida con aprecio por el ser humano. Despierta los sentidos. Aguza el pensamiento. Enciende el alma. Y es compañera sentimental de una noche en un hotel con encanto. Antonia Baz, propietaria del Convento de San Benito, en la localidad pontevedresa de A Guarda, me lo ha demostrado estos días con su espléndida colección de retablos barrocos y aguafuertes contemporáneos diseminada por las paredes de su hotel. No bastándole con ejercer de hostelera en sus inicios, estudió Artes Decorativas y Restauración de tal suerte que ahora se pasea por las subastas, los anticuarios y las almonedas con la soltura de una perita (en dulce). Su sapiencia me ha conmovido. Su convento me santigua de arte y sensibilidad.

Prometo admirar sus próximas adquisiciones de muebles y pinturas en el Convento de San Benito durante dos semanas de pan y agua. Como aquel hombre arrobado por la belleza de La novia judía, de quien sólo podía esperarse una locura: Vincent van Gogh.

Hoteles accesibles, no gracias

¿Un teleférico para subir al Everest? Sólo de pensarlo se me ponen los pelos de punta... Este empeño por aproximarnos a las alturas, o pretender que la montaña venga a Mahoma, no es sino una extravagancia más de esta sociedad del bienestar que nos ha tocado forjar con mucho pensamiento y esfuerzo personal. ¿Por qué hemos de hacerlo todo accesible a nuestros deseos? Y, sobre todo, ¿qué nos impulsa a acceder sin esfuerzo a cuanto se nos pone por delante? Tal vez la respuesta ya nos la dio el explorador sir Edmund Hillary medio siglo atrás cuando escaló por primera vez la cumbre de la montaña más alta del planeta: "subí simplemente porque el Everest estaba ahí".

Me pregunto todo esto porque ha caído en mis manos el nuevo Manual de Accesibilidad Universal para Hoteles, editado por Paradores de Turismo en colaboración con el Ministerio de Trabajo. El primer párrafo, firmado por Antoni Costa i Costa, ya me ha conmovido por su buenismo. Dice así: ...la necesidad de desarrollar un Plan de Accesibilidad Universal (...) con el objetivo de hacer accesibles nuestros alojamientos (los paradores), servicios y productos a todas las personas, independientemente de su edad o condición." Políticamente muy correcto, sí. Todos hemos sido, somos o seremos discapacitados alguna vez en nuestras vidas, por lo que debemos aplaudir cualquier iniciativa que nos ayude a superar las barreras en el desempeño de nuestras actividades cotidianas. Salvo aquellas que no sean absolutamente imprescindibles para nuestra supervivencia, motivo actual de mi reflexión. Porque no debemos, aunque podamos, ponernos el planeta por montera y hollarlo en todos sus límites hasta volverlo previsible, cotidiano, vulgar. Cuánto de romántico nos quedará vivir después de todo si tejemos un hilo de civilización hasta la última montaña, hasta la última frontera... Todos podemos acreditar nuestro derecho a escalar esa última montaña, pero siempre nos parecerá más romántico hacerlo por nuestro propio pie. Y el que no pueda, que la sueñe.

Pero quiero regresar a este Manual de Accesibilidad para incitar a otra reflexión sobre nuestros monumentos históricos y su rehabilitación arquitectónica. Sabido es que el gran valor de los Paradores de Turismo es, precisamente, su establecimiento en edificios centenarios de utilidad muy distinta a la de su actual rendimiento turístico. Conventos, monasterios, palacios, castillos y torres defensivas cuya estructura arquitectónica no estaba pensada para dar alojamiento al viajero motorizado de hoy, con sus maletas y sus antojos domésticos. Ni con cualesquiera de sus incapacidades. Adaptarlos a estos nuevos usos ha requerido en ocasiones una intervención desafortunada, como se ha comprobado en la reconstrucción del parador de Sigüenza y en la reciente transformación del parador de Lerma. Sesgar por su mitad una planta del edificio es una aberración tectónica. Almenar con sillares nuevos una torre desmochada de manera que parezca auténtica es una solemne impostura. Embutir un ascensor mecánico en el hueco de una escalera medieval es un atentado monumental, por mucho que se quiera disfrazar la torpeza de servicio a los discapacitados. Y quienes firman estos proyectos cojos de su utilitas vitruviana deberían explicar públicamente sus razones, porque la historia a buen seguro que no les absolverá.

Por muy bienintencionado que sea el Plan de Accesibilidad, si un edificio acepta mal una ortopedia para su reconversión hotelera mejor es dejarlo como está. Dejemos que hable la ruina, consintamos la discapacidad estructural de la buena arquitectura. No nos afanemos a toda costa que los Paradores de Turismo aseguren "al menos un acceso accesible (sic) desde el exterior", so pena de amputar nuestro sueño de vivir escalando la cumbre imposible de la historia.

martes, 1 de abril de 2008

Un paraíso de revista

La calidad de un vuelo se mide por la cantidad de pasajeros que han manoseado la revista corporativa ofrecida en el bolsón del asiento. Yo creía que el auge de las compañías low cost habían dejado a Iberia en una posición inmejorable para copar el segmento ejecutivo y la clase turista menos ocupada en cazar gangas tras muchas horas de navegación por la Red. Pero no, esta tarde he comprobado que tal presunción no deja de ser un tópico más de los viajes en avión. En mi vuelo a Barcelona, servido por Iberia -concretamente, por su filial Air Nostrum-, la revista Ronda Iberia daba asco tocarla. Tanto que me resistí a hacerlo durante la primera media hora, pero luego me sobrevino la galvana de la tarde, la difusa imagen de las nubes, el muermo de la altura, y no tuve más remedio que tragarme ese sapo y aposentar entre mis piernas la resma en grasienta cuatricromía.

Con cuidado de no desfoliar sus páginas, pero aguzando el ingenio para vencer la resistencia de los dobladillos, emprendí un periplo por aquel ejemplar no sé cuántas veces desvirgado como quien se hace cliente de un meublé en las Ramblas. Algunos de mis amigos escriben y fotografían sus reportajes, pero quiero ahorrarles el disgusto de imaginar en qué estado de ilegibilidad encontré sus líneas o cuán groseros eran los raspones que herían sus imágenes.
Sí voy a destacar la apostilla que un incógnito lector, pasajero de algún vuelo anterior, se permitió rotular sobre una de las páginas más llamativas de la revista. "El paraíso", decía. A toda plana, la fotografía de un resort playero me recordaba el Costa Adeje, en la isla canaria de Tenerife. O no, quizá se pareciera más al que desborda toda la playa de Papagayo, en Lanzarote. ¿No sería acaso el de las dunas de Corralejo, en Fuerteventura, con esas casitas de tejado a cuatro aguas, arcos a lo largo de la fachada, balcones en sus tres plantas y un manojo de palmeras alrededor de un multiforme piscinario? Pues ahora que lo digo se me antoja pensar que tal vez hayan tomado la imagen desde un extremo del complejo en forma de herradura que vi en el H10 de Gran Canaria. Es igual... Incluso puedo reconocer sus chozas al borde de la piscina, que abrigaban la barra de un chiringuito especializado en snacks precongelados. Y esas empalizadas que daban sombra a las tumbonas en las que se refugiaban, mediada la jornada de playa, aquellos veraneantes centroeuropeos de carrocerías incendiadas al sol canario... Me confunde el color de la arena en la lejanía, por lo que deduzco que la postal ha sido tomada en la Costa Daurada.

No quiero seguir con ese jeroglífico arquitectónico en el que todas las vistas se parecen al paraíso soñado por la mayoría de nuestros congéneres en época de vacaciones estivales. Un escenario idílico de piscinas, saltos de agua, arroyos que bordean el césped, siempre difícil de hidratar en estos secarrales marítimos. La fiesta permanente de los chiquillos, los columpios y fetuccini hilvanados en un minigolf, los billares, los estantes de videojuegos, los bares, diez restaurantes temáticos, un escenario sobre el que perder el miedo al ridículo tras la cena. Un ejército disciplinado de recepcionistas, camareros, gobernantas, socorristas y, sobre todo, animadores esculpidos en mangas de camisa. Vacaciones en la playa... ¡Ay, qué vacaciones!

Descifremos ya este galimatías. Miro abajo y ¿qué leo?: un hotel de ensueño en el corazón del Caribe. ¿No estábamos en las Canarias, o en la Costa del Sol, o al filo de la propia Costa Daurada? Qué va, veraneamos en el paradisiaco Ocean Coral & Turquesa Resort, en Puerto Morelos, México, que es lo mismo. Firma la hoja publicitaria la enseña hotelera H10. Pensando en ti.